Hybris

El director de FARO, Rogelio Garrido, analiza los temas claves de la actualidad de esta semana / FDV

Hay palabras que de repente te golpean, entran en tu cabeza y se resisten a salir. Y ahí se quedan, dando vueltas y vueltas, esperando quizá a que le encontremos una puerta de salida. Pues si es así, aquí está: os presento a hybris, un concepto griego que se podría traducir por soberbia desmesurada o ceguera arrogante.

Hace unos cuantos años me di de bruces con un ensayo titulado «En el poder y en la enfermedad», de David Owen, un british que había sido ministro de Sanidad en los años 70. Su lectura me fascinó. En él, Owen, que también fue rector de la Universidad de Liverpool y ostenta el título de lord, se adentraba en el intenso y frecuentísimo vínculo entre patologías mentales y jefes de Gobierno o de Estado. La relación entre locura y poder. A partir de su experiencia política personal y su conocimiento académico, por sus páginas desfilan monstruos como Hitler, Stalin, Mussolini, personajes pirados de manual, pero, ojito, también otros que siguen instalados en el altar reservado a los líderes admirables: Roosevelt, Kennedy, De Gaulle, Churchill... Thatcher, Miterrand, Reagan, Blair, W. Bush y otros muchos políticos tampoco se libran de la pluma acerada y no exenta de sarcasmo de este lord irreverente.

El ojo clínico de Owen diagnostica patologías mentales y sus efectos en el ejercicio del poder. Con la famosa hybris en primer término. ¿Las consecuencias? Distanciamiento de la realidad, exceso de autoconfianza rayana en la insensatez, percepción mesiánica de sí mismos, sed inagotable de poder ilimitado, visión paranoide de la realidad (siempre en blanco y negro), incapacidad para escuchar a quienes les objetan y rodearse solo de quienes les adulan, una imposibilidad para aceptar errores y cambiar de dirección, insensibilidad, que en los casos más extremos es descarnada inhumanidad… Algunos pensaréis que hablamos de un puñadito de líderes trastornados. Pues va a ser que no. Mirad este dato: un estudio de 2006 reveló que uno de cada tres presidentes de Estados Unidos sufrió trastornos mentales mientras estaba en el cargo y la mitad de todos los sufrió en algún momento de su vida, o sea antes o después. Para echarse a temblar.

La hybris no es, pues, exclusiva de dictadores, sátrapas y demás ralea totalitaria. Ni siquiera es patrimonio de géneros (las mujeres también pueden caer en esa marmita enfermiza cuando tocan el poder). Ni tampoco está reservada a tiempos concretos de la historia. La hybris, como un monstruo de siete cabezas, siempre encuentra su momento para aflorar y tomar las riendas, incluso en los lugares más insospechados (ahí tenemos la agonizante democracia norteamericana que elogió Tocqueville). La hybris goza hoy de una salud de hierro, a prueba de bombas (pobre pueblo iraní, ucraniano o gazatí) para desgracia de todos.

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Después de más de 450 palabras todavía no he citado a Donald Trump, aunque más de uno ya habréis adivinado por dónde venían los tiros (nunca mejor dicho). Pues sí, Trump es el arquetipo del político atrapado en la soberbia mesiánica, que se siente intocable, capaz de dar el pésame a las familias de unos soldados muertos en Irán y a renglón seguido elogiar el color dorado de las cortinas de su salón de la Casa Blanca, «que acogerá los bailes más bonitos del mundo». Un tipo que ordena secuestrar o arrasar un país mientras se calza las zapatillas para jugar al golf.

Pero Trump no está solo. El club de la hybris ha renunciado a su vitola de selecto y, además de los socios decanos Putin, Kim Jong-un o los propios ayatolás, un buen puñado de líderes presuntamente democráticos han hecho sobrados méritos para entrar. ¿Pero, por favor, qué está pasando? ¿Pero quién está al mando? Owen nos contesta: «El poder es una droga dura que no todos los líderes tienen el firme carácter para contrarrestarlo». Así es. Estamos rodeados de yonkis del poder.

El autor, penosamente consciente de la pandilla de trastornados por diagnosticar cuando no lunáticos (o alcohólicos y adictos a las drogas más diversas) que nos han gobernado y gobiernan, solo ve una forma de evitar su acceso al poder: que por ley sea obligatoria la valoración médica e independiente (dirigida por un neurólogo de prestigio) de todos los candidatos a jefes de Gobierno o de Estado. Sí, habéis leído bien: un examen previo que certifique que los políticos están en sus cabales.Que no están chavetas. Apuesto a que si esa prueba fuese desde hace tiempo preceptiva y vinculante muchos dirigentes –algunos nombres nos podrían sorprender, también en nuestro país– nunca habrían tocado el poder.

Me despido con el desiderátum con el que Owen cierra su libro: «Lo que el mundo necesita son líderes más prudentes y sanos». Amén.

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