¿Dónde está mi fútbol? ¿Qué han hecho con él? |
El Mundial de Sudáfrica, la primera Copa del Mundo de la que tengo conciencia. / EFE
Pocas sensaciones más dolorosas tengo como enamorado del fútbol que ir al estadio o encender el televisor y ver que, prácticamente, no queda nada de aquello que me enloqueció. Un sentimiento muy complejo en que se juntan la pérdida de la inocencia, la emoción infantil, el descenso a la mundanalidad de los jugadores y el desencanto con mi primer amor; todo ello acompañado por el lamento al inexorable paso del tiempo.
Tengo claro que cada persona que creció con un balón bajo el brazo, alguna vez en la historia, ha tenido que pasar esta decepción por 'su fútbol', como mínimo, desde que un grupo de mineros ingleses daban toques en Riotinto. A mí, a mis veintidós años, me acaba de caer todo el peso del reloj sobre mi butaca. Me convertí en alguien que le cuesta presenciar un partido sin sacar conclusiones y análisis en vivo, que no entiende qué tienen las estrellas de los cromos del presente para ser vistos como tales, y que pierde un pedacito de sí mismo cada vez que los jugadores más veteranos del fútbol deciden poner punto y final a sus longevas carreras sobre el verde. De ese niño ingenuo en que la ilusión reinaba sobre la táctica, que los protagonistas de cada tarde eran divinidades de carne y hueso a los que venerar, y que veía a los jugadores nacidos a principios de los años noventa como jovencísimos talentos emergentes, no queda nada.
Es algo muy humano querer ser mayor cuando eres pequeño y querer volver a ser un niño cuando eres adulto y con el fútbol, me pasa lo mismo. Cuando mi padre me llevaba al estadio o bajábamos juntos al bar de mi barrio para ver un partido, era el primero en querer madurar durante el descanso y tener opiniones sólidas formadas al respecto. Ahora es todo lo contrario. Siento mucha envidia de esos pequeños que acuden ojipláticos al templo futbolístico de mi ciudad cuya única preocupación es elegir bien con qué nombre y dorsal serigrafiar su diminuta primera casaca del equipo.
Ahora comprendo esa cantinela de señor de pelo entrecano que rechazaba a los héroes de mi niñez como jugadores elogiables por las masas con la imagen en blanco y negro de sus ídolos como verdad absoluta. Desde el desparpajo del jogo bonito brasileño hasta la crudeza defensiva italiana, pasando por la impasibilidad del fútbol germano, todo era mejor antaño. Un tiempo anterior totalmente subjetivo y propio de cada quien en que, condicionado por la edad, se mira con el mismo grado de emoción que de incredulidad por el inminente ciclo futbolístico posterior. La mayor prueba de este fenómeno es que, sin dar nombres propios de esas formas características de jugar a la pelota, usted y yo no estamos en los mismos futbolistas a no ser que a su carnet joven le queden pocos años de vigencia.
El fútbol seguirá su rumbo como fenómeno de masas, yo seguiré loco por él a pesar de haber perdido vinculación, y los jóvenes del presente se apenarán dentro de diez o quince años por la deriva del que era su deporte. Como cantar un gol con unas formas alejadas del raciocinio, llorar con un desenlace fatal de una tanda de penaltis o estar seguro de que, de pasar cierta ronda eliminatoria, su equipo hubiera sido campeón, el choque del tiempo es parte del amor por la redonda. Así, hoy soy yo el que me pregunto: ¿Dónde está mi fútbol? ¿Qué han hecho con él?