Un Citroën GS y la flota de Boston |
Newsletter de economía por la redactora jefa Lara Graña / FDV
El primer coche que recuerdo de mis padres es un Ford Escort blanco de cinco puertas. No me preguntes por características técnicas, que malamente me sé las del mío: he buceado por internet y creo que era el de la serie IV. Vale, sí, estaba bien –la tapicería menos–, pero hacía el ridículo al lado del mejor que había en la familia (lo digo por estética, en serio que no entiendo mucho de vehículos a motor): el del tío Tomás, un hermano de mi abuela. Era un Citroën GS de color cobrizo y, para lo que me interesaba a mí, tenía dentro una nave espacial, con decenas de pilotos de colores. Una fantasía.
Mi madre lo utilizaba cuando iba hasta A Coruña a buscarlo, a él y al quiñón de bacalao, antes de que yo hubiera nacido. Resulta que supe ayer que el tío Tomás estuvo embarcado también en el Cieisa Doce –un arrastrero congelador que después se llamaría Fontay, Cora Dos y Karim Dos– y que fue uno de tantos gallegos que anduvo por los caladeros de Boston. Sonrío con solo imaginarlo por un muelle de Nueva York. Era el cocinero.
Y lo supe a raíz de un reportaje que me sugirió hacer mi compañero Alberto Otero sobre la expulsión de aquella flota de aguas norteamericanas, paralela a la extensión generalizada de las 200 millas pero que venía gestándose desde la fase antiOTAN del entonces súper socialista Felipe González.
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Qué decir, la pesca gallega ha sido moneda de cambio para tantas cosas y tantas veces que tampoco me sorprendí revisando la hemeroteca de FARO o hablando con mi estimado Eduardo Vieira, quien, por cierto, sacude toda mi procrastinación cada vez que lo veo corriendo o en la bici. Así no se vale, Eduardo.
En otro tipo de nave espacial me subí hace unos días, por cierto. Menos fantástica que el Citroën del tío, todo hay que decirlo, pero que nos llevó correctamente por las alturas: la cabina de la grúa Super Post Panamax de 65 toneladas que Termavi tiene en la terminal de Guixar, en el puerto de Vigo. A unos 45 metros de altura, en concreto. El equipo de Eduardo Davila nos explicó todo el proyecto de reordenación de la campa o la ampliación del frigorífico de frutas.
Y nos pidieron enfatizar su agradecimiento a la gente de Pérez y Cía, que renunció a dos años de concesión de su nave de Alpenor para propiciar esta actuación de enorme calado para el puerto y para el conjunto de la industria. Dicho queda, una vez más. Reivindiquemos las buenas fantasías, que escasea el género.
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