El dedo en la llaga

«¿Qué puedo decirle? No lo entendería» (Tolstói, La muerte de Iván Ilich)

Como una erupción de su mundo virginal y párvulo, del que todo lo quieren saber, las preguntas de los niños brotan espontáneas, chocantes, honestas, directas, sin filtro ni pudor. Algunas nos hacen reír; otras nos descubren un pequeño filósofo (¿cómo nace Dios?, me pregunta un nieto varón de ocho años). Y nosotros no podemos defraudarles, debemos entrar al trapo y saciar su curiosidad. Tenemos que responder.

Hace unos años, mi nieta mayor – tendría entonces entre cinco y seis años- desde la inocencia celeste de sus ojos azules, mientras caminábamos cogidos de la mano, me interrogó sobre mi muerte futura. Me preguntó si faltaba mucho para que me muriese. Sí, aún queda mucho, le digo, con la sensación de estar mintiendo, pese a que simplemente expresaba un deseo. Había metido el dedo en la........

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