Sentido común

No es la institución responsable de las políticas turísticas de Galicia, pero son nada menos que la agrupación de empresas del sector, el Clúster de Turismo de Galicia, y han tenido la idea, quizás por el próximo Xacobeo 2027, de dirigirse a la Xunta de Galicia con varias propuestas de mejora del turismo y por ende, de las rutas aeroportuarias que siguen siendo un talón de Aquiles en nuestra promoción nacional e internacional. No somos expertos en turismo, pero sí llevamos años en la directiva de instituciones empresariales de prestigio, y este es un problema recurrente al que los distintos gobiernos locales y autonómicos han dado diferentes respuestas sin lograr una solución aceptable al problema: nuestros aeropuertos tienen menos conexiones, vuelos y viajeros, cada vez más aislados en un mundo hiperconectado. Y el problema toma especial relevancia a las puertas de un Año Santo Jacobeo y la presumible visita de Su Santidad León XIV el próximo 2027.

Cuando fui presidente de la Confederación de Empresarios de Galicia intentamos coordinar el sector turístico con los demás sectores económicos y la Xunta de Galicia, para que esta, máxima representación de los intereses gallegos, actuara de coordinadora e impulsora, nunca de limitadora del desarrollo aeroportuario. Conozco el informe que el Clúster de Turismo de Galicia ha presentado al conselleiro de Presidencia Diego Calvo por los medios y por su página web, en la que se publica simplemente una reseña. Contiene tres propuestas, las dos primeras, «un interlocutor profesional para la captación de rutas y la participación del sector en la promoción en destino» parecen razonables, siempre que ese interlocutor y esa participación promocional no excluya ni la propia visión del gobierno gallego, ni los impulsos privados que puedan generarse. Pero en la elaboración de la tercera «el clúster aboga por la especialización de los tres aeropuertos para ganar eficiencia y competitividad», en que plantean «hasta ocho líneas de actuación para promover un uso complementario de los tres aeropuertos, mejorar su accesibilidad e incrementar las frecuencias hacia mercados prioritarios» plantean una cuestión, a nuestro juicio, no conveniente. Es en «el uso complementario» donde está el quid de la cuestión, «avanzar hacia la especialización de los aeropuertos gallegos para evitar duplicidades y mejorar la eficiencia global del sistema aeroportuario, orientando los aeropuertos de A Coruña y Vigo hacia el segmento de viajes profesionales y de negocios, mientras que el aeropuerto de Santiago podría reforzar su posicionamiento en el ámbito turístico y vacacional, favoreciendo así la complementariedad de la red».

Desde los años sesenta del pasado siglo disponemos de tres aeropuertos en Galicia, que sirven a tres áreas muy específicas de nuestra comunidad, los hinterland de las dos mayores ciudades, Vigo y A Coruña, y de la capital Santiago de Compostela. Tres aeropuertos, como tres universidades, y varios puertos generalistas, varias estaciones de AVE —Vigo aún no la tiene— son un tesoro para nuestra economía y nuestra sociedad. En un mundo globalizado en el que la infraestructura física es la base de la competitividad —incluso en el desarrollo de la digitalización y la inteligencia artificial, necesitamos centros de datos en nuestra comunidad—, pensar siquiera que la posible solución a nuestros problemas aeroportuarios sea disminuir su competitividad y especializarlos, nos parece una solución voluntariosa pero limitante. Baste un ejemplo, una comunidad turística, Canarias: los empresarios canarios han creado Binter Canarias. Vuelan desde Tenerife —con dos aeropuertos nada menos— Gran Canaria, Lanzarote, Fuerteventura y La Palma a 19 aeropuertos nacionales, entre ellos los de A Coruña y Vigo, pronto les diremos que no, que vengan a Santiago. Cada zona económica y turística tiene su aeropuerto, y Vigo y A Coruña tienen un área turística propia excepcional; debemos abrirnos a la competencia en el sentido más amplio, o captamos aerolíneas y conexiones mediante el pago correspondiente o promocionamos alguna aerolínea propia, pero cerrar las infraestructuras bajo la lápida de la especialización solo producirá menos vuelos y más caros y cierre de las instalaciones. Algunas otras propuestas como el «refuerzo de conexiones con hubs internacionales estratégicos, o el impulso de programas específicos que permitan reforzar la conectividad fuera de la temporada alta», parecen razonables, aunque «el acuerdo estratégico con Oporto» es mucho más discutible, nos necesitan exclusivamente como mercado. Diego Calvo, que recibió la propuesta, y la Xunta de Galicia, han demostrado suficiente sentido común, y el propio sector también lo tiene: las instituciones que ayuden, pero en el futuro de nuestros tres aeropuertos debemos ser los empresarios los máximos interesados en potenciar su desarrollo, aportando iniciativas y valor, no limitándolos y sí abriéndolos a la competitividad n

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