Papá, papi... pa |
Un padre acompaña a su hijo en una imagen de archivo. / Envato
Sí, ahora soy pa. He pasado en tiempo récord de papá a papi y, ahora, simplemente, pa. En economía del lenguaje no hay quien le gane a mis hijos, en especial al pequeño (3), que es el que anoche, tras el décimo cuento, cuando creí que estaba dormido e iniciaba la maniobra de evasión, me soltó ese «Pa, no te vayas».
Hoy, que es el Día del Padre y mi santo (casualidades de la vida), me he dado cuenta de que ser papá, papi o pa no es como me lo había imaginado. Es imposible prepararse para todo lo que conlleva, lo que exige de sacrificio —si quieres hacerlo bien, claro— y lo que te da a cambio. En mi caso —no puedo hablar por otros—, la paternidad es lo mejor que me ha pasado en la vida. Y no es una frase hecha superquedabien.
Recuerdo perfectamente el ruido del Vespino GL de mi padre —sí, el mismo con el que años más tarde acabé empotrado contra la trasera de un BX— cuando volvía a casa de la fábrica. Podría identificar ese sonido aún hoy sin dificultad. Era uno de mis momentos favoritos del día: el abrazo, su mano alborotándome el pelo, la sempiterna pregunta de «¿qué tal el cole?». Hoy soy yo el que, al abrir la puerta de casa a la vuelta del trabajo, recibe una inyección de energía al verlos; el del abrazo, el que les alborota el pelo y les hace la misma pregunta que me hacía mi padre.
Vamos, que sin pretenderlo, me he convertido en él.
Quien me conoce bien dirá que físicamente soy un cuadro de mi madre —que Dios la tenga en su gloria— con el carácter de mi padre. A lo que yo siempre replicaba que lo primero sí —imposible negarlo—, pero lo segundo no, que el abuelo y yo nada que ver. El día y la noche. Fíjense en el pretérito de «replicaba», porque con el paso de los años, conforme yo me voy haciendo mayor y él más niño, es como vernos en un espejo. Con todos los defectos, pero también con todas las virtudes.
Ahora que soy pa le entiendo, y él a mí también.
Supongo que de eso va la vida: de cerrar círculos sin darnos cuenta. Acabas repitiendo gestos que creías que nunca harías, soltando frases que te prometiste no decir jamás y, de pronto, entiendes por fin silencios que de niño te parecían un misterio. Porque días malos los tenemos todos. Caminas hacia tu padre mientras tus hijos caminan hacia ti. Y en medio de ese cruce de caminos está todo.
No sé si lo estoy haciendo bien. Creo que nadie lo sabe de verdad. Pero si algún día, cuando ya no haga falta un cuento más o cuando simplemente ya no esté, ellos recuerdan mi voz diciendo «¿qué tal el cole?», mi mano revolviéndoles el pelo o el sonido de la puerta al llegar a casa —como yo sigo escuchando aquel viejo Vespino—, entonces todo habrá valido la pena. Mucho más que la pena.
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