Mi Derbi Variant trucada

Un Policía Local controla que los patinetes en circulación cumplan con las normas, comprobando la velocidad máxima que alcanzan. / Alba Villar

Después de leer la información de Borja Melchor sobre la campaña que está realizando la Policía Local para verificar que los patinetes eléctricos (VMP: vehículos de movilidad personal) que circulan por la ciudad no han sido modificados para correr más de la cuenta (el máximo permitido es 25 km/h), me vino a la mente un flash con la Derbi Variant. ¿Que no saben qué es? Pues el sueño de todo chaval en los 90. Y sí, también se trucaban para ser más rápidas.

La Variant era un ciclomotor de Derbi muy popular por aquel entonces —antes de la irrupción de las scooter—, con un motor monocilíndrico de dos tiempos de menos de 50 cc y una velocidad punta limitada por norma a 45 km/h, aunque algunos modelos de serie alcanzaban los 60 o incluso los 80 km/h. Claro que, si tenías un colega mecánico, por un módico precio el bicho podía llegar a superar esa velocidad, convirtiéndose en un peligro público rodante, teniendo en cuenta que la podía manejar un chic@ de 16 años solo solicitando la licencia —el permiso AM—, sin examen ni prueba práctica previa. Todo muy bravo.

Por lo que leí y pregunté, treinta años después seguimos en la misma, aunque ahora los dueños de los patinetes no necesitan un conocido mecánico, sino bajarse de la red el software adecuado para que sus VMP vuelen como hacían las Variant. Por si se lo están preguntando, no, no tuve una Derbi, pero sí disfruté de un Vespino GL —una joya clásica— que era de mi padre, no andaba ni para atrás y con el que, aun así, acabé empotrado contra la trasera de un Citroën BX de un ourensano que estaba de paseo por el pueblo. Por poco me mato. Solo recuerdo que dije «¡Ay, Dios!» antes del golpe. El resto está borroso.

Ahora es una anécdota, pero casi quedo en el asfalto. La pregunta es: ¿qué hubiese pasado si en vez de un GL cascado fuese montado sobre una Variant dopada hasta las cejas?

Quizá no estaría escribiendo estas líneas. Y no lo digo en plan dramático, sino en plan realista. Porque cuando uno es joven —y a veces también cuando ya no lo es tanto— tiende a pensar que las normas están para fastidiar, que son exageradas o que «por un poco más no pasa nada». Hasta que pasa.

La velocidad, incluso en máquinas pequeñas, cambia las reglas del juego. No es lo mismo caer o atropellar a alguien a 25 que a 60 km/h. No es lo mismo tener un segundo para reaccionar que no tener ninguno. Y cuando algo falla —porque siempre acaba fallando algo: tú, otro conductor, un peatón, un bache, un despiste— las matemáticas no perdonan.

Por eso las normas están ahí. No para aguarle la fiesta a nadie ni para que la policía haga caja o se entretenga revisando patinetes. Están porque alguien, antes que nosotros, ya comprobó qué ocurre cuando se sobrepasan ciertos límites. Y casi nunca acaba bien.

Noticias relacionadas y más

La Policía Local de Vigo pone coto a los patinetes trucados: estrena un velocímetro

Elecciones anticipadas

Así que quizá trucar un patinete, como antes una Variant, pueda parecer una pequeña travesura tecnológica. Pero conviene recordar que las leyes de tráfico no son un capricho administrativo. Son, muchas veces, la delgada línea que separa una historieta que contar tres décadas después de algo que ya no puede contarse. Porque a veces respetar una norma no es cuestión de obediencia. Es, literalmente, cuestión de vida o muerte.

Si quieres recibir este análisis de la actualidad en tu correo tan solo debes activar este boletín en nuestra página web


© Faro de Vigo