Las cesáreas humanizadas no son un lujo: son el mínimo |
Una unidad de trabajo de parto, parto y recuperación en el hospital Álvaro Cunqueiro de Vigo. / PABLO HERNANDEZ GAMARRA
Pocas cosas te cambian tanto la vida como el nacimiento de un hijo. Sobre todo, del primero. Uno deja de ser del todo uno mismo para convertirse en la madre o el padre de. Es una transformación que empieza en el mismo momento en que el embarazo deja de ser una sospecha y se confirma, y que se precipita ladera abajo cuando llega el parto. Y de eso quería hablar: del parto.
Rescato el tema ahora porque, por fin, parece haberse desbloqueado en Vigo algo que nunca debió demorarse tanto: las cesáreas humanizadas en el Álvaro Cunqueiro. Es decir, que la madre pueda estar acompañada por una persona de su elección durante la intervención y que no sea separada de su bebé en esas primeras horas decisivas, facilitando una práctica avalada por organismos nacionales e internacionales como el piel con piel. En realidad, hablamos de algo tan básico como permitir que el recién nacido sienta, desde el primer instante, que no está solo.
Es justo reconocer aquí el mérito de la plataforma ciudadana Loita, que lleva más de tres años peleando por este derecho. Lo ha hecho con perseverancia, con argumentos y con una convicción admirable. Y lo ha hecho, además, frente a una anomalía difícil de justificar: que el área sanitaria de Vigo fuese la única de Galicia en la que esto no se permitía, tal y como ha contado con rigor mi compañera Ana Blasco.
¿Cómo soporta una madre dar a luz y no poder ver ni acariciar a su hijo durante horas? ¿Qué huella deja eso? ¿Afecta de algún modo al vínculo, al desarrollo del bebé, a la construcción emocional de esa nueva realidad que empieza con un nacimiento? Imagino que habrá teorías para todo y que cada caso es distinto. Pero también creo que, si se permite algo tan razonable como las cesáreas humanizadas —no solo en las programadas, que son minoría, sino también en muchas urgentes—, episodios desagradables serán mucho menos probables.
No entro aquí en si la causa ha sido la falta de personal, la ausencia de instalaciones adecuadas —lo que sería el colmo en un hospital nuevo como el de Beade— o una preocupante falta de sensibilidad por parte de quienes toman decisiones. Pero hay una pregunta que resulta inevitable: si en el resto de Galicia ya se hacía, ¿por qué en Vigo no? Más aún cuando fue un conselleiro vigués, Julio García Comesaña, quien recogió el guante de Loita e impulsó la Guía de acompañamiento da muller e o contacto pel con pel, aprobada a comienzos de 2024.
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Las cesáreas humanizadas no son un lujo: son el mínimo. El mínimo de humanidad, el mínimo de respeto y el mínimo de empatía que merece una mujer que acaba de dar a luz. Vigo ha tardado demasiado en entenderlo. Porque la primera imagen de una madre no debería ser nunca la de su hijo recién nacido alejándose por un pasillo mientras ella queda sola, aturdida y vacía.
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