La memoria de la ETEA está en Ferrol |
Obras de construcción de la residencia de mayores en el ámbito PS-6 de la antigua ETEA. / Marta G. Brea
Algo se mueve en la ETEA. Tarde, sí, pero se mueve. Lo contó este martes Pablo Galán con su habitual precisión, desgranando los avances en la futura residencia de mayores, la Plaza de Armas y el aparcamiento subterráneo, aunque sin perder de vista que los proyectos vinculados al ámbito científico y académico —al Campus do Mar— siguen todavía en fase embrionaria y que los primeros hitos no llegarán hasta casi un cuarto de siglo después de la marcha de la Armada. De aquella última salva de honor en la que estuve presente, literalmente, en el verano de 2002, cuando se arrió la bandera, atronaron los cañones y todo el recinto quedó sumido en una parálisis absoluta que se prolongó hasta hace bien poco. Pero, en fin, algo se mueve en la ETEA, y más que tiene que moverse.
Lo importante, a la postre, es que la ETEA se transforme, se abra y se integre de verdad en la ciudad. Pero sin olvidar lo que fue: la Escuela de Transmisiones y Electrónica de la Armada. Una historia que, para más inri, se guarda en Ferrol y no en Vigo. Así de disparatado. Casi un centenar de objetos —desde equipos de comunicaciones hasta las propias placas con los nombres de los edificios del complejo: Tesla, Siemens, Faraday, Morse, Enfermería, Hertz, Luis Jener, Ampere…— de la antigua escuela están custodiados en el Museo Naval de la Armada, en Ferrolterra. Piezas que desde hace años la Asociación de Marineros de la ETEA y la Armada, Marinetea, con 210 socios, quiere recuperar para los vigueses y para las que busca, hasta ahora sin éxito, un espacio en la nueva ETEA.
Es sonrojante —por no decir algo más grueso— que en más de 115.000 metros cuadrados de superficie, con cerca de 6.000 dedicados a edificaciones, no haya hueco para una sala que conserve y explique la memoria del lugar. Como también lo es que este colectivo de antiguos marineros, con tanto arraigo en la ciudad y sin otro interés que el de preservar un recuerdo compartido, no haya recibido ni siquiera una respuesta formal de la administración que hoy tiene la principal capacidad de decisión sobre esos terrenos e inmuebles. Así me lo enseñó, papeles en mano —todo documentado—, Carlos Pérez, presidente de Marinetea. Delegación de la Xunta, consellerías e incluso la propia Presidencia. «¿Ninguna respuesta?», le pregunté. «Ninguna».
A veces, un pequeño gesto vale más que una gran inversión. Y que la ETEA tenga su propia sala-museo, en la que las nuevas generaciones puedan ver por sí mismas esa etapa de la historia de Teis, es un gesto pequeño, de escaso coste, que haría felices a esos 210 exmarineros y exalumnos —Marinetea es la mayor asociación española de antiguos marineros de la Armada— y que honraría la memoria de todos los que pasaron por allí durante más de cinco décadas. Tampoco es que en Vigo vayamos precisamente sobrados de museos.
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Quizá la verdadera prueba de que la ETEA empieza por fin a moverse no esté solo en sus nuevos usos, en las licitaciones o en los renders, sino en su capacidad para reconciliarse con su propia historia. Dar cabida a esa memoria no es nostalgia. Es entender que el progreso no consiste en borrar lo que fuimos, sino en integrarlo con inteligencia en lo que queremos ser. Y un pequeño museo sobre la ETEA en el futuro Campus do Mar merece toda nuestra atención. Toda.
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