La guerra es la madre de todas las mentiras
El griego Heráclito dijo una vez en frase famosa que ha llegado hasta nosotros que «la guerra es el padre de todas las cosas».
Se refería seguramente el filósofo presocrático al conflicto, y no solo el de tipo bélico, como tensión que genera continuamente nuevas realidades.
Yo diría también que la guerra, en su sentido más literal, es la madre de todas las mentiras.
Mentiras con que se justifica casi siempre su comienzo, pero también su continuación e incluso el tan deseable coo inevitable final.
Y la actual guerra del Golfo Pérsico, con cada vez más repercusiones en todo el mundo, es lo que se llama «un ejemplo de libro» de lo que digo.
Israel y su no sé muy bien si aliado o rehén Estados Unidos la iniciaron con los pretextos más dispares: represión por el «régimen» iraní de su propio pueblo, amenaza a sus vecinos, enriquecimiento del uranio en su poder con fines exclusivamente militares, inaceptable arsenal de misiles.
Todo eso y muchas más cosas valían para justificar la agresión a un país que estaba en ese momento negociando lo que en un principio parecía preocupar más a EE UU y también a sus aliados europeos: la posible conversión de Irán en potencia nuclear.
Un país cuyo líder supremo había, sin embargo, garantizado mediante dos fetuas que no era esa la intención de Teherán y que el Gobierno estaba además dispuesto a autorizar de nuevo las inspecciones de la Agencia Internacional de la Energía para probarlo.
Dio igual. Benjamín Netanyahu y Donald Trump, dos mentirosos patológicos, estaban decididos a eliminar como fuera el por ellos odiado régimen de los ayatolas y cualquier pretexto era bueno para lanzar la operación pomposamente bautizada «Furia épica».
La cosa no salió, sin embargo, como querían; el pueblo no se levantó como un solo hombre contra los ayatolas, sino que sucedió todo lo contrario.
Los iraníes, cuya religión valora el sacrificio y el martirio por encima de todo, enardecidos por el asesinato en uno de los bombardeos de su líder espiritual se unió en torno a la bandera y en defensa de su milenaria nación.
Y los dos agresores psicópatas se vieron obligados a recurrir a continuas mentiras, disparatadas contradicciones y sobre todo a la más escandalosa de las propagandas, algo en que ambos tienen más que probada experiencia.
Y especialmente en el caso de Israel, a la censura más estricta puesto que, a diferencia de Irán, mucho más permisiva de los medios internacionales que cubren el conflicto, el gobierno sionista castiga incluso la difusión de vídeos que muestren el nivel de destrucción del país.
La consecuencia de todo ello es que es imposible saber, por ejemplo, el número tanto de civiles como militares muertos por los drones y misiles iraníes que llueven continuamente sobre Israel y que es sin duda muchísimo más elevado que lo que están dispuesto a admitir el Gobierno sionista.
Por su parte, tanto Trump como Pete Hegseth, su secretario de la Guerra – nunca tan merecido el cambio de nombre del que antes se llamaba Departamento de Defensa- mienten a todas horas y con el más absoluto descaro sobre la marcha de la guerra que han lanzado.
Y lo hacen ante audiencias que aplauden y ríen sus bravuconadas y sus frases dedicadas en el más puro estilo nazi a deshumanizar al enemigo, cuando no en presencia de unos medios de comunicación dóciles y acríticos.
Sí, la guerra es la madre de todas las mentiras y los medios muchas veces contribuyen irresponsablemente a propagarlas.
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