Juntos hasta los días finales
Dos personas mayores sentadas en un parque / David Zorrakino (Europa Press)
Me crucé este martes con él. Se deslizaba por la calle por necesidad, sintiendo que cumplía un trámite. Llevaba las manos ancladas en los bolsillos y exteriorizaba con su mirada, perdida en un punto indeterminado del final de la calle, el estado de sus días durante las últimas semanas. No había vuelto a coincidir con él desde poco tiempo antes de la muerte de su esposa. En aquella ocasión, los dos se agavillaban en el extremo de un banco, en el último rincón regado por el sol de febrero, que se despedía entre las cornisas de dos edificios. Compartían un cigarrillo juntos, como el primero que cambia de manos entre una pareja de adolescentes, como si fuera en este caso la última bocanada tras décadas de matrimonio, el desahogo del instante previo al final. Erguían la cabeza en dirección a la luz, cerraban los ojos cada poco y no hablaban, porque no hacía falta, solo bebían del sol. El tiempo circula más lento así, la vida espera.
No he sabido interpretar hasta ahora el sentido de aquel acto conjunto, que cobra, a posteriori, la importancia de un ritual. Era una acción para decirse adiós. Quizá, el último instante en pareja en el que ambos fueron conscientes de que su tiempo se iba.
Existen los deseos que se cumplen, y querer vivir una experiencia plena representa una meta bonita, una aspiración que da mayor sentido al presente, cuando se piensa en un futuro ideal. En tiempos de descrencias, de dudas que llenan los mares, suena raro confiar en que las buenas relaciones también suceden, y que la felicidad compartida durante toda una vida es un desafío que merece la pena perseguir.
Hay amores que solo se rompen por la fragilidad del tiempo, por el hecho inexorable de que, antes o después, uno de los dos se convertirá en el primero que falta. Cuando llegue la hora de habitar los vacíos en los antiguos espacios en común de la pareja, sin abandonar la tristeza, con la pena como nueva compañera del alma, quedarán también razones para continuar, en soledad, siendo justos con lo que un día fue existir como dos. Es la «factura de querer», dice un verso de Luis García Montero dedicado a Almudena Grandes. Un sentimiento que deseo que mi vecino llegue a albergar. Para que pueda pensar en los «días finales», como aquella última tarde de sol en el banco, «que ya son, ahora, recordados, los más felices de mi vida», como valora el poeta.
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