El ascenso de los tecnócratas
Los movimientos de Pedro Sánchez resultan siempre sorprendentes. El más político de los presidentes de la era democrática ha decidido darle un giro pragmático a su gobierno. Menos ideología, como era el caso de María Jesús Montero, ahora candidata a las elecciones andaluzas, y un perfil más técnico, como es el caso del extremeño Carlos Cuerpo, ministro de Economía y nuevo número dos del gobierno. Cuerpo no es solo el ministro mejor valorado –el único que merece un aprobado de acuerdo con el CIS–, sino que además es un alto funcionario de prestigio, cercano a Nadia Calviño, actual presidenta del Banco Europeo de Inversiones (BEI).
Junto a él, se entrega la cartera de Hacienda a otro ministro de perfil moderado, Arcadi España, con el que se espera que forme una dupla efectiva el nuevo vicepresidente primero del Ejecutivo. Con este movimiento, el olfato de Pedro Sánchez, o quizás los primeros datos oficiales con los que cuenta la Moncloa, nos sugieren que en los próximos meses la economía va a ser decisiva. Tal vez más que la activación ideológica del país o, cuando no, al mismo nivel. Con una convocatoria de elecciones generales ya no tan lejana y con la presión insistente de sus socios de gobierno para estabilizar la legislatura, el núcleo duro del gobierno ha detectado que la economía vuelve a ser determinante. Hay que ofrecer una imagen de solvencia a la ciudadanía. Y hay que hilar fino con los números de puertas adentro.
Tras unos años de fuerte expansión económica, favorecidos por los vientos de cola del bum migratorio, las ayudas europeas, el rebote después de la pandemia y la flexibilización del ajuste presupuestario, parece que el crecimiento llega a su fin. O, al menos, que se ralentiza con la irrupción de abundantes nubarrones negros: las tensiones geopolíticas al alza, la inflación amenazante, la dificultad de flujos comerciales, los tipos de interés apuntando al alza, la crisis sangrante de la vivienda y un endeudamiento público aún masivo.
La economía de un país nunca debería ser campo de experimentación política, más allá de los matices propios de una sana contraposición ideológica. «Soy progresista pero soy pragmático», declaraba hace un tiempo en El País Arcadi España. Un idealismo pragmático es la única respuesta posible a los tiempos complejos que vivimos.
El ascenso de los tecnócratas en el gobierno Sánchez nos hace pensar que vivimos un momento más delicado de lo que las cifras oficiales indican. El presidente ha optado por huir de los experimentos evanescentes de la retórica partidista, reduciendo el perfil político del gabinete y elevando su fondo técnico. Mi lectura –puede que en exceso pesimista– es que se acercan años complicados. Los cambios que se están produciendo –tecnológicos, demográficos, culturales– son de tal envergadura que no pueden esquivarse simplemente con la retórica encendida del emocionalismo. Quizás el mejor signo de este movimiento sea el retorno del prestigio centrista.
Frente a los maniqueísmos morales, la moderación; frente al radicalismo del todo o nada, las soluciones consensuadas sobre la base de la experiencia académica. El sabio Julián Marías solía repetir que el drama de Europa se sustancia en sus extremismos. Podríamos decir que este ha sido también el caso de España. Nada nos conviene más que un retorno al moderantismo. Bienvenido sea este retorno, tanto si se da en la izquierda como en la derecha del espectro político.
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