Te(a)mo |
Nunca he aprendido a diferenciar bien lo que se debe decir y lo que no. No me resigno conforme. Escribo lo que jamás vocalizo. Insinuo lo que silencio. Puedo esconderme detrás de un discurso y revelarme en una elipsis. Igual suelto una broma impertinente que regateo un consuelo. En general, como casi todos, me he pasado la vida callando a voces y con la verdad en la punta de la lengua, reteniéndola, que es lo apropiado.
No siempre hemos sido así de austeros. De niños nos gritábamos a borbotones lo que sentíamos. Amabábamos y odiábamos al otro e incluso al mismo apretando los puños, a pecho descubierto. A la madre, en su regazo y su regaño. Al amigo, en su alianza y su traición. A la vida, en sus promesas y desencantos. Como adolescentes cada beso o abrazo nos aturdía y cada rechazo nos rompía el corazón. Todo lo declarábamos abiertamente.
Pronto aprendemos a disimular........