El lado bueno |
Las tropas enviadas a detener a Napoelón se unen a él / Charles Steuben
Entre todas las frases que Churchill dijo o que nos hemos inventado que dijo, y que quizá dijo o nos hemos inventado que dijo Bismarck, celebrábamos esta: «El político piensa en la próxima elección; el estadista, en la próxima generación». Un elogio del altruismo y la previsión que no dimisula el afán de posteridad. El estadista, si arriesga el cargo, exige mausoleos. Las personas que procuran más su fama futura que su próxima comida pueden resultar tanto o más peligrosas. En el proceso de edificar tal eternidad regarán igualmente su camino de la sangre propia y ajena.
Todos se han comenzado a preocupar, de repente, por cómo se retratará en los libros lo que ahora se publica en los periódicos. O cómo recopilará la IA para sus consultores venideros lo que ahora se difunde en las redes. Para Susan Sarandon, por ejemplo, Pedro Sánchez está «en el lado correcto de la historia» por su postura sobre Gaza. «¿Eso es estar en el lado correcto de la historia?», le ha reprochado al mismo Sánchez el ministro de Exteriores israelí, Gideon Sa’ar, por su postura sobre Irán. Ya Ayuso había tranquilizado a Ana Rosa: «Cuando te llaman fascista estás en el lado bueno de la historia».
Resulta muy difícil saber cuál es el lado correcto de la historia mientras la historia se está desarrollando. Se necesita olfato o suerte. Clío juega a la ruleta. Cuando Napoleón escapó de su exilio en Elba el 26 de febrero de 1815, Le Moniteur Universel tituló o Dumas inventa que tituló: «El antropófago ha salido de su guarida». A partir de entonces iría realizando un seguimiento puntual de su viaje hacia París:«El ogro de Córcega acaba de desembarcar en Golfe Juan», «El tigre ha llegado a Gap», «El monstruo ha dormido en Grenoble», «El tirano ha atravesado Lyon», «El usurpador ha sido visto a sesenta leguas de la capital», «Bonaparte avanza rápidamente, pero no entrará nunca en París», «Napoleón estará mañana frente a nuestros baluartes», «El emperador ha llegado a Fontainebleau»... Por fin, el 20 de marzo proclamaba o Dumas inventa que proclamó: «Su majestad real e imperial hizo ayer entrada en su palacio de las Tullerías en medio de sus fieles súbditos».
La historia no resulta más coherente cuando la actualidad se asienta. Aunque Dumas no se los haya inventado, podemos suponer los agrios titulares de Le Moniteur tras Waterloo. Hoy, sin embargo, a Napoleón se le dedican monumentos y plazas. Francia se enorgullece de él. Nada importan los millones que sucumbieron en sus guerras. Ni el más humilde callejón conmemora a Robespierre, defensor de la paz, del sufragio universal, de la abolición de la esclavitud; ni siquiera responsable de todos los guillotinados, unos miles en cualquier caso, que le adjudican. La historia es de aritmética asimétrica. La más inexacta de las ciencias.
Puede que el editor de Le Moniteur nos parezca un chaquetero. Digiero mejor su instinto de supervivencia que la militancia de los editores de hoy, que pretenden forzar la historia antes que relatarla. No podrán. Nada más imprevisible que el pasado, como bien saben las estatuas que se erigen y se derriban. Todo está sujeto a permanente revisión. Al cadáver de Cromwell, que había fallecido siendo Lord Protector, lo sacaron de la tumba para decapitarlo y colgarlo. Y así se reeavalúan las colonizaciones y se debaten los genocidios. La historia, antes que lados, tiene aristas.
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Ayatolás homicidas, trumpistas demenciados, detractores y adeptos. No sabemos a quiénes las generaciones futuras esculpirán estatuas y qué cadáveres arrastrarán por las calles. Sólo nos corresponde nuestra propia elección; la opinión que difundiremos o el voto que depositaremos en la urna mientras en los despachos se reparten el petróleo y las bombas siguen sembrando libertad. ¿Sobre qué lado se amontona el dolor? Ese es el único bueno.
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