Que el fin del mundo nos pille de vacaciones

Por más que crezcan los riesgos de un conflicto atómico universal, la gente sigue viajando en Semana Santa. No se trata de inconsciencia. De perdidos al río, se dirán muchos de los que toman vacaciones en cualquier lugar del mundo sin temor a que los pille una lluvia de misiles. Igual les tocaría si decidieran quedarse en casa.

Albert Einstein, que era optimista a pesar de su condición de sabio, profetizó en alguna ocasión que, si se desatara una Tercera Guerra Mundial, la cuarta se disputaría con piedras y palos. Daba por hecho que después de una guerra atómica aún sobreviviría alguien para liarse a estacazos y pedradas con el vecino. No deja de ser un alarde de confianza en el futuro.

Lo que no podía prever Einstein es que el mundo llegara a estar gobernado algún día por un emperador tan inestable y sulfuroso como Donald Trump. O que los ayatolas iraníes, ebrios de Corán, se empecinarían en fabricar su propia bomba atómica para borrar del mapa a los infieles. ¿Algo podría salir mal? Podría.

El presidente americano ha lanzado por su cuenta -y el riesgo de todos- una guerra en el polvorín de Oriente Medio que nadie sabe cómo va a acabar. Hay por ahí y en los alrededores potencias dotadas de artefactos nucleares que podrían sentir la tentación de usarlos si el asunto se complica.

El único alivio reside en que los profetas del apocalipsis llevan siglos anunciándonos el fin del mundo sin que se hayan cumplido hasta ahora sus malos agüeros. Fallaron, un suponer, los intérpretes del calendario maya que situaban el fin de los tiempos en la fecha exacta del 21 de diciembre de 2012. Y otro tanto sucede, pertinazmente, con los que intentan descifrar las cuartetas de Nostradamus.

Tampoco los defensores del medio ambiente han acertado, por ahora, en sus catastróficas predicciones sobre los efectos del cambio climático. No es que les falte razón, por supuesto. Simplemente, nuestro viejo planeta ha cumplido ya 4.540 millones de años en los que sobrevivió a meteoritos, tormentas magnéticas, incendios, inundaciones, volcanes y llamaradas solares. La Tierra está bien dentro de lo que cabe y, si acaso, los que están mal son quienes la habitan.

Hasta pudiera ocurrir que nuestro planeta siga tan pimpante cuando la especie humana haya desaparecido. Retrucarán algunos que eso sucederá a muy largo plazo, si es que sucede; pero tampoco conviene ser tan altaneros.

En realidad, los mandamases hacen todo lo posible y más para que cualquier día se desate una catástrofe nuclear que nos mande a todos al guano. Los dinosaurios eran mucho más fuertes que nosotros y ya ven lo que les pasó.

Fácilmente se entenderá, por tanto, que la gente aproveche la Semana Santa para darse un garbeo, por si fuese el último. Acabe como acabe, solo queda desear un feliz viaje a todos los valientes.


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