El silencio de las obras

En la columna anterior reflexionábamos sobre el entusiasmo reciente en torno al llamado inicio anticipado de proyectos de infraestructura. La idea de acelerar la ejecución de obras públicas para cerrar más rápido la brecha de infraestructura del país es sin duda comprensible; sin embargo, hoy comentaremos lo que se ve desde el otro lado de la mesa de disputas. Mientras el debate se concentra en cómo empezar proyectos más rápido, las últimas semanas han dejado sobre la mesa otra interrogante: ¿qué ocurre cuando obras que ya están en marcha se paralizan por falta de financiamiento? Quienes hemos tenido la oportunidad de participar durante años en la resolución de controversias en infraestructura —como defensa, árbitros o adjudicadores en disputas contractuales— sabemos que ese momento marca, muchas veces, el inicio de algo más complejo que la paralización de obra. Porque una obra pública no es solo concreto y acero. Es, ante todo, un contrato. Y cuando la ejecución de este se interrumpe por causas imputables al Estado, lo que comienza a moverse no es la maquinaria del proyecto, sino la del sistema de resolución de controversias. En la práctica arbitral, este tipo de situaciones aparece con más frecuencia de lo que suele percibirse desde fuera. Las paralizaciones por problemas presupuestales o decisiones administrativas generan inevitablemente reclamaciones por ampliaciones de plazo, mayores gastos generales o reconocimiento de costos de paralización. Al principio, estas reclamaciones suelen discutirse en el ámbito de la administración del contrato. Pero cuando las posiciones de las partes se distancian —algo bastante habitual—, el conflicto termina trasladándose a los mecanismos formales de resolución de disputas. Ahí es donde entran los tribunales arbitrales. Desde esa perspectiva, la paralización de la obra rara vez es el final de un problema. Con frecuencia es el inicio de un proceso mucho más largo: el de reconstruir, en sede arbitral, lo que ocurrió durante la ejecución del contrato. Quienes participamos en estos procesos vemos de cerca cómo se estructuran las controversias. Se discuten cronogramas, se analizan comunicaciones contractuales, se revisan registros de obra y se evalúa el impacto económico de decisiones administrativas tomadas meses —o incluso años— antes. Y hay un patrón que se repite con cierta regularidad, ya que muchas de estas disputas nacen en momentos en los que la ejecución del proyecto pierde estabilidad financiera o institucional. Cuando una obra se paraliza por razones presupuestales, los costos del proyecto no desaparecen. Equipos que deben mantenerse, personal que no puede ser movilizado de inmediato, estructuras organizativas que siguen operando. Todo ello termina incorporándose en reclamaciones que rápidamente llegan a los tribunales arbitrales. Pero más allá de los montos o de los detalles técnicos de cada controversia, hay algo que suele preocupar a quienes observamos estos procesos desde la resolución de disputas; y es el efecto acumulativo que estos conflictos pueden tener sobre el sistema de infraestructura. Cuando varias obras enfrentan paralizaciones similares, el número de controversias tiende a crecer. Los proyectos se vuelven más complejos de administrar y los costos que inicialmente se buscaban contener reaparecen en forma de reclamaciones contractuales. Desde la perspectiva arbitral, estas situaciones dejan una lección bastante clara. La estabilidad en la ejecución de los proyectos es uno de los factores más importantes para evitar controversias prolongadas. Y es justamente ahí donde aparece la tensión que mencionábamos en la columna anterior. Mientras el país discute mecanismos para acelerar el inicio de nuevos megaproyectos, algunas obras que ya están en marcha enfrentan incertidumbres financieras que pueden terminar trasladándose al sistema arbitral. La infraestructura necesita velocidad, sin duda. Pero también necesita previsibilidad; porque iniciar proyectos puede ser relativamente sencillo; lo verdaderamente difícil —y lo que más conflictos evita— es sostenerlos hasta el final.

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