Por los caminos del Señor
Hola… En la fiesta litúrgica más importante del año, la Pascua, quiero compartir contigo una experiencia vivida hace algunos años aquí, en la Parroquia Nuestra Señora del Consuelo, donde vivo. Antes de despedirme y desearte una feliz Pascua de Resurrección, quisiera unir esta vivencia con el profundo significado de esta celebración. Hace cuatro años, una familia amiga se acercó a mi oficina para contarme que sus antepasados habían tenido, en el sur, una casa hacienda que fue vendida. En ella había una capilla donde, según recordaban, un sacerdote celebraba la Santa Misa. Al revisar la sacristía, encontraron libros, ornamentos sagrados, una especie de diario donde el sacerdote anotaba las intenciones de las misas, algunos vasitos para el agua y algo que decidieron traerme: una copa prácticamente convertida en chatarra. Me dijeron que, como no sabían si aquello era o no “algo de Dios”, preferían no desecharlo, y querían que yo evaluara qué hacer. Al observar aquella copa —golpeada, deteriorada, irreconocible— descubrí que en realidad era un cáliz, con el que se habían celebrado misas en aquella capilla. En su base tenía una inscripción del año 1820. Les agradecí el gesto y, a su pedido, les aseguré que vería qué se podía hacer. Una vez que se fueron, llevé el cáliz a la sacristía y, ese mismo día, antes de comenzar la Misa, lo mostré a quienes me ayudan en la parroquia. Les pregunté si conocían algún lugar donde pudiera ser restaurado. “Sí, Padre”, me respondieron, y se lo llevaron. Al día siguiente, Carolina y Alan me dijeron: “En un mes nos lo devuelven irreconocible”. Al cumplirse el mes, antes de iniciar la Misa como cada día, Carolina me entregó el cáliz… completamente renovado, reluciente, como si acabara de ser creado. Desde entonces, muchos días celebro la Eucaristía con ese cáliz, que para mí tiene un significado muy especial. Por eso quise compartir esta historia en este día de la Resurrección de Jesús, porque en ella encuentro un hermoso reflejo de nuestra propia historia de salvación. Cristo ha resucitado para darnos vida, y una vida nueva. A veces podemos sentirnos golpeados, destruidos, incluso cercanos a ser descartados; pero si sabemos acercarnos a Cristo, Él transforma nuestra vida: de la oscuridad a la luz, del pecado a la gracia, de la esclavitud a la verdadera libertad y así sentiremos que para cada uno de nosotros, Cristo ha resucitado. ¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN! Gracias por llegar hasta aquí. Hasta la próxima semana. ¡Que Dios nos bendiga! Contáctanos en FB Padre Pablo Larrán y TikTok: @padrepablolarran
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