«Éste es Jesús, el rey de los judíos»

Queridos hermanos, estamos ante el Domingo de Ramos. ¿Qué celebramos hoy? Celebramos el comienzo de la Semana Santa. Jesucristo entra en Jerusalén, no en un caballo de guerra, sino en un pollino. Está anunciando la paz. Jesús aparece en la primera lectura, del profeta Isaías, como el Siervo que se entrega a la muerte, es decir, que no huye. Todo el Domingo de Ramos es un pórtico hacia la Semana Santa. Si quieres ser santo, si quieres ser auténtico, si quieres ser feliz, vivamos este Domingo de Ramos, porque este domingo nos muestra el camino de la felicidad. Isaías dice: “El Señor me ha dado una lengua de discípulo para saber decir al abatido una palabra de aliento.” ¿Cómo puede dar una palabra de aliento? Abriendo el oído. Abre el oído, escucha, abre tu corazón al Señor. Dice también: “El Señor me abrió el oído, y yo no me resistí ni me eché atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban.” Es decir, aceptar la historia sin echarse atrás. Endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado. Por eso respondemos con el salmo 21: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Al verme se burlaban de mí. Cuántas veces se burlan de mí, de ti, de lo que hacemos. Pero ánimo, hermanos. Dice el salmo: “Me acorrala una jauría de mastines, me rodea una banda de malhechores; me taladran las manos y los pies, se reparten mi ropa.” Eso es lo que hemos hecho con Jesucristo. La segunda lectura, de san Pablo a los Filipenses, nos muestra que la cruz no es un fracaso, sino un éxito, porque revela el amor de Dios. Somos incapaces de comprender la vida y la cruz. ¿Qué sentido tiene tu vida? La respuesta la dará la Pascua. Jesús se humilló a sí mismo, obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Y Dios lo exaltó sobre todo nombre. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. El Evangelio es toda la Pasión de Jesús, que nos muestra lo que es ser verdadero hombre. Aparece Judas Iscariote, que dice: “¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?” Judas no soportaba el fracaso de Jesús, porque esperaba un Mesías poderoso. Los discípulos preguntan: “¿Dónde quieres que preparemos la Pascua?” Y allí el Señor anuncia la traición de Pedro y la traición de Judas. Nos muestra nuestra propia traición. Por eso la pregunta es: ¿Dónde estamos tú y yo en esta Pasión? ¿Entre los que huyen o entre los que aceptan? Pedro dice: “Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré. Fijaos cómo está Pedro. Como nosotros, que nos creemos fuertes, como superhombres. Jesús le responde: “Antes de que el gallo cante, me habrás negado tres veces.” Y Pedro insiste: “Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré.” Jesús se fue a orar y dijo a sus discípulos: “Quedaos aquí mientras voy a orar.” Pero cuando volvió, los encontró dormidos. Tres veces los encontró dormidos. No podían velar con Él. Eso nos pasa muchas veces: ante el combate decisivo de la fe, nos dormimos. Por eso dice el Señor: “Velad y orad para no caer en la tentación.” Después viene la entrega. Jesús dice: “Levantaos, vamos; ya está cerca el que me entrega.” Hermanos, déjate entregar por el otro, incluso por tu enemigo, y verás la gloria de Dios. Verás que Cristo está resucitado. El pueblo grita: “¿A quién queréis que suelte: a Barrabás o a Jesús?” Barrabás representa el éxito del mundo, la violencia, el poder. Jesús, en cambio, acepta ser oprimido. Por eso hermanos, aceptad también ser insultados o injuriados. Los que pasaban delante de la cruz decían: “Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo.” Pero al final aparece el centurión, un pagano, que al ver lo sucedido confiesa: “Verdaderamente este era el Hijo de Dios.” Hermanos, deseo que en esta Semana Santa el Señor os conceda tocar a Jesús, escuchar a Jesús y experimentar a Jesús, porque Él ha muerto por ti y por mí. Viviremos en la paz cuando creamos en la garantía de su resurrección. Y que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, esté con todos vosotros.

Mons. José Luis del Palacio Obispo E. del Callao

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