«Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo»
Queridos hermanos, estamos en el segundo domingo de Cuaresma. El primer y segundo domingo son pilares de toda la Cuaresma, porque nos orientan hacia la Pascua. ¿Qué nos dice hoy la Palabra? Nos invita a tener fe, a ser como Abraham. “Sal de tu tierra, de tu patria, de la casa de tu padre, hacia la tierra que yo te mostraré.” Salir de nosotros mismos, de nuestro yo, de nuestro egoísmo. Y te bendeciré, es decir, te daré lo que necesitas. ¿Qué necesitas? Salir de tu comodidad, ponerte en camino. Abraham recibe la promesa de un hijo y de una tierra, aquello que anhelaba. Esa es la primera palabra que nos ofrece el Señor. Por eso respondemos con el Salmo 32: “Señor, que tu misericordia venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.” La palabra de Dios es sincera; Él es la verdad, la sinceridad y la vida. El Señor ama la justicia y el derecho. Su misericordia es para los que esperan en Él, aguardando al Señor, que es nuestro auxilio y nuestro escudo frente a las tribulaciones. La segunda palabra es del apóstol San Pablo a Timoteo. Dice que Dios nos llamó con una vocación santa, no por nuestras obras —que son frágiles y limitadas—, sino según su designio. ¿Cuál es el designio de Dios para el hombre? Vivir en Él. Jesucristo destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio, es decir, por medio de la cruz. El Evangelio nos presenta el monte Tabor, que recuerda también al monte Sinaí, lugar de la cercanía de Dios al hombre. La Transfiguración anticipa la Resurrección. Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan, y subió con ellos a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandeció como el sol; sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Ese resplandor es signo de la gloria. La túnica blanca habla de la misión y de la inmortalidad. Nos recuerda la fiesta judía de las Tiendas, cuando el pueblo vivía en cabañas precarias, con el techo abierto al cielo para ver las estrellas. Significaba vivir mirando a Dios. Hoy estamos instalados, aferrados a nuestras seguridades, y la Cuaresma nos invita a salir de nosotros mismos para poder contemplar la Resurrección. Qué bueno es estar aquí, dicen los apóstoles. Qué bueno es contemplar y vivir en esta precariedad que nos abre al cielo. Entonces una nube los cubrió y se oyó una voz desde el cielo: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadlo.” Dios nos invita a escuchar a su Hijo para experimentar la vida. Cuando levantaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y Él les dijo que no contaran a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. Hermanos, Dios quiere resucitarnos de nuestras muertes interiores. Este tiempo de Cuaresma es un camino hacia la Pascua, para que resucite nuestro hombre interior y recibamos la vida eterna. Esto es lo que deseo para vosotros. Y que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre todos vosotros.
Mons. Jose Luis del Palacio Obispo E. del Callao
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