TURISMO II: del orgullo gastronómico a la mediocridad turística

La semana pasada me encontré con una información posteada por CANATUR: “El turismo receptivo en el Perú muestra señales de desaceleración, según advirtió la Asociación Peruana de Operadores de Turismo (APOTUR). De acuerdo con el gremio, la demanda internacional cayó 6.8 % frente al 2025 y 3.4 % respecto al 2024, en un contexto donde otros destinos de la región ganan competitividad”. El Perú tiene todo para ser una potencia turística mundial, pero ha tomado una decisión silenciosa y peligrosa: conformarse. Hemos reducido nuestra identidad a la gastronomía, dejando en segundo plano lo que realmente nos hacía únicos: nuestra historia, nuestra cultura ancestral y la experiencia país. Mientras otros destinos avanzan con estrategia, nosotros seguimos celebrando lo que ya hicimos. Acabo de regresar de las ciudades de Mendoza, en Argentina, y Santiago de Chile. Dos ciudades distintas, pero con algo en común: entienden al turista. Mendoza, una ciudad vitivinícola que podría compararse con nuestras zonas productoras de pisco en Ica, Chincha o Cañete, ha construido algo que en el Perú aún no logramos: una experiencia. No es solo el vino. Es el servicio. Es el relato. Es el taxista que te explica, recomienda y promueve su tierra con orgullo. Santiago, por su parte, ofrece lo que toda gran capital debería garantizar: orden, eficiencia, seguridad y una oferta de vinos, compras y vida cultural y nocturna de nivel internacional. Desde que aterrizas, te sientes un invitado especial. Y entonces vuelves al Perú. A Lima, la capital gastronómica de Latinoamérica. Y sí, lo es. ¡Y nos lo merecemos! Pero también es cierto que le hemos sacado tanto provecho a la gastronomía que hemos descuidado todo lo demás. Porque la experiencia empieza en el aeropuerto. Y ahí la bienvenida suele ser una colección de actitudes de cansancio y desgano por parte de los empleados, acumulación de gente al salir, taxistas ofreciendo servicios desordenadamente, gritándose entre ellos, sin saludar ni interactuar con el turista de forma profesional, además de la basura, el tráfico y un sistema que parece diseñado para asustar. Hemos invertido la lógica. El Perú no nació para ser un destino gastronómico. Nació para ser un destino turístico integral. La gastronomía debió ser la gran aliada del turismo cultural y ancestral, no su reemplazo. Hoy vendemos platos de comida donde deberíamos estar vendiendo historia. La cifra de S/ 75 millones en pérdidas por boletos no vendidos en Machu Picchu no es solo un número. Es un síntoma. Es la evidencia de un sistema que no funciona, de decisiones mal tomadas y de una falta de visión estratégica. El turista no viaja solo para comer. Viaja para sentir, descubrir, aprender, ser feliz. Viaja para vivir algo que no puede encontrar en otro lugar. Y eso, justamente, es lo que el Perú tiene de sobra. Pero no lo estamos sabiendo ofrecer. El Perú no está destinado a ser el mejor restaurante de la región. Está destinado a ser uno de los destinos turísticos más importantes del mundo. La pregunta es si vamos a estar a la altura. O si vamos a seguir sirviendo platos de comida… mientras perdemos el país.

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