Donald Trump y su reciente discurso del Estado de la Unión |
El martes 24 de febrero, Donald Trump, cuadragésimo quinto y cuadragésimo séptimo presidente de los Estados Unidos de América, pronunció en la sede del Congreso de su país –el Capitolio-, en Washington, su discurso del Estado de la Unión, y lo hizo en esa calidad y conforme manda la tradición estadounidense y por supuesto la Constitución del país que está vigente desde el 7 de setiembre de 1787, la cual establece que “El Presidente de tiempo a tiempo dará al Congreso información del Estado de la Unión y recomendará para su consideración medidas que juzgue necesarias y convenientes”. Fue un discurso largo, casi dos horas, y los dedicó a relievar la denominada grandeza americana, como es que se llama al perfil y añoranza nacional que yace inscrito en el imaginario de cada ciudadano de los Estados Unidos, de acuerdo con la doctrina del Destino Manifiesto. Aunque por el tamaño de mi columna no podré desarrollar todos los puntos temáticos que abordó el magnate presidente neoyorquino, no puedo dejar de mencionar dos asuntos centrales: en primer lugar, la reiterada dura postura contra la migración irregular hacia el país de todas las sangres. En medio de un clima polarizado al interior del Congreso dominado por arengas a favor y en contra de su mensaje, Trump tiene muy claro lo que seguirá haciendo en este asunto que lamentablemente seguirá afectando a millones de hombres y mujeres que han llegado hasta Estados Unidos de diversas partes del mundo -y ya estamos pensando en nuestros hermanos de América Latina-, en la idea de realizar el gran sueño americano. En segundo lugar, su condena al reciente fallo de la Corte Suprema de su país que dejó sin piso ni peso a la política arancelaria de la Casa Blanca, impuesta sin misericordia, enfatizando que recurrirá a otros mecanismos jurídicos para no detener sus objetivos de gobierno. Con lo anterior, quisiera llamar la atención de su continúa invocación a Dios Todopoderoso, una recurrencia muy arraigada al pensamiento histórico e idiosincrasia estadounidenses. A esto último -los diplomáticos y los expertos en relaciones internacionales deben conocerlo de memoria para comprender las cuestiones de fondo con los estadounidenses, cuando se negocia (comiendo hamburguesa) en nombre del Estado-, es muy importante que le pongamos la mayor atención, porque es la base conceptual para intuir los intereses o el trasfondo del país más poderoso del mundo y del cual el Perú debe, a mi juicio, afianzar su vinculación estratégica para generar el equilibrio que nos toca, mirando el movimiento de los actores de mayor relevancia en el globo. Más allá de las críticas demócratas, realmente infaltables, a Trump lo único que le importa es que los ciudadanos estadounidenses respalden todo lo que viene haciendo a lo largo del primer año y un mes de su segundo mandato. Su mayor preocupación es trascender y para conseguirlo en su segundo mandato, deberá mostrar signos visibles de todo el auge que por montañas acaba de narrar ante el Congreso de los Estados Unidos.
(*) Excanciller del Perú e Internacionalista
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