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Aún no existe un nuevo Orden Mundial

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05.04.2026

Se viene afirmando erradamente que estamos viviendo un Nuevo Orden Mundial, a la luz de lo sucedido en Venezuela con la extracción de Nicolás Maduro o con la guerra de EE.UU. e Israel contra Irán. Se producirá de todas maneras, por la acción y reacción dialéctica de los actores con enorme poder, superponiéndose los paradigmas que son los únicos que podrían cambiar el actual Orden Mundial. Así pasó con el invento de la escritura, que puso punto final al matriarcado y al nomadismo; con el invento de la rueda, que apresuró las construcciones ciclópeas y a las conquistas; con la afirmación de que la Tierra era redonda, que sepultó la tesis de Ptolomeo, que la creyó plana, dando paso a los viajes de circunnavegación a fines del siglo XV; con el iusnaturalismo que se trajo abajo al derecho divino que dominó en gran parte de la Edad Media, cambiando al soberano monarca por el soberano pueblo –que elegirá al próximo presidente del Perú el 12 de abril–, que ha sido la más grande revolución político-social de la historia universal, o últimamente, la inteligencia artificial, que sigue imparable modificando el decurso de la vida y de la conducta de las sociedades, al ir ganando terreno en la vida humana, para su desarrollo o para su involución, eso aun no lo sabremos hasta cuando se consolide; y en medio de ella, las guerras que, por una colisión a escala planetaria –nunca en su dimensión únicamente regional como vemos en Medio Oriente–, trastocará nuestro modus vivendi, créalo, pues EE.UU., China, Rusia, India, principalmente, quieren para sí la tenencia absoluta del poder. No digo que sea bueno o malo. Solo lo explico, pues no es un asunto de democracia ni de diplomacia, sino únicamente de poder. Así, el nuevo Orden Mundial será parido –repito– por incontrolables fuerzas irresistibles como ha sucedido a lo largo de la historia universal, y debemos prepararnos para identificarlo y asimilarlo. Cuando eso pase, el poder lo administrarán los nuevos victoriosos que se dividirán el mundo como antes ya se hizo, siempre según sus prioridades e intereses, aceptándose y respetándose con equilibrio. Así pasó con España y Portugal, que se dividieron el mundo por el Tratado de Tordesillas, en 1493; con EE.UU., la ex Unión Soviética y el Reino Unido, cuyos líderes, reunidos en Yalta, Crimea (la península ucraniana anexada por Rusia), prácticamente al final de la 2da.GM, en 1945, planearon crear la ONU y a su Consejo Seguridad, que decidieron integrarlo, repartiéndose la torta del poder mundial. Por eso, los hechos mundiales no se explican o resuelven, únicamente, desde el derecho internacional ni su fractura avisa un Nuevo Orden Mundial, como algunos lo dicen, espantados. La tendencia planetaria es el mundo multipolar, y por eso EE.UU., corriendo a contracorriente, quiere el poder mundial, sin compartirlo. Eso explica el apuro de Trump por acabar la guerra contra Irán, mostrándose empoderado como hizo con Venezuela y hace con Cuba. Una victoria de EE.UU. no dará paso a un Nuevo Orden Mundial, sino que confirmará haber recuperado su circunstancia unipolar, conforme a su doctrina del Destino Manifiesto, pero que no es perpetua, porque el poder es cíclico.

(*) Excanciller del Perú e Internacionalista

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