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Venezuela pos-Maduro y la presión popular

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06.01.2026

La madrugada del 3 de enero de 2026 quedará inscrita como una de las operaciones militares y cinéticas más audaces de Estados Unidos en América Latina desde Panamá. La CIA infiltró activos en el círculo íntimo de Maduro y proporcionó inteligencia decisiva, mientras la Delta Force ejecutó el asalto sobre un complejo militar en las afueras de Caracas, tras semanas de ensayos en réplicas del búnker presidencial. Helicópteros del 160º SOAR y comandos especiales irrumpieron con precisión quirúrgica, extrayendo a Nicolás Maduro y a Cilia Flores en minutos. El operativo, bautizado Resolución Absoluta, dejó bajas en las fuerzas de seguridad venezolanas. Y también, como la misma dictadura castrista ha confirmado, la muerte de 32 cubanos que eran el "anillo de seguridad" de Maduro. Cuba, pues, hace años invadió Venezuela y controló envenenadamente —con soporte de Rusia, China e Irán— el destino social, político y económico de millones de venezolanos. Chávez y Maduro fueron los títeres de ese largo proceso.

No hay confirmación de la participación del Mossad, aunque la coincidencia del encuentro entre Netanyahu y Trump en Año Nuevo alimenta esa posibilidad. Hoy, Maduro se encuentra en el Metropolitan Detention Center de Brooklyn, acusado de narcoterrorismo, conspiración para importar cocaína y posesión de armas de guerra, escoltado por agentes de la DEA.

En este nuevo tablero, Marco Rubio emerge como el arquitecto de la política estadounidense hacia Venezuela, quizá incluso más que Trump. En su entrevista en Face the Nation, Rubio subrayó que Washington no busca ocupar Venezuela, pero sí mantener “múltiples palancas de presión”: cuarentena petrolera, sanciones financieras y control político externo. Reconoció que operadores como Diosdado Cabello, Vladimir Padrino y Delcy Rodríguez siguen intactos porque removerlos simultáneamente era inviable, y advirtió que cualquier transición será evaluada por sus actos, no por promesas. El mensaje es claro: EE.UU. dará tiempo a los remanentes chavistas para “cambiar” la pauta de poder, pero la incertidumbre sobre su verdadera disposición abre un riesgo estratégico.

La advertencia de Marco Rubio es clara: los sobrevivientes del narcochavismo tienen una ventana estrecha para demostrar cambios reales. Si Diosdado, Padrino y Delcy optan por la simulación, la consecuencia podría ser una segunda ola de ataques directos, selectivos y quirúrgicos, que desarticule lo que queda de la estructura criminal. Washington ya demostró capacidad para ejecutar operaciones de extracción y neutralización; repetirlas no sería imposible si la transición se bloquea.

El otro escenario depende de la presión popular interna. Si los venezolanos rompen el miedo —como lo han hecho antes con suprema valentía y como lo están siendo también hoy los iraníes prolibertad contra la teocracia dictatorial— y sostienen protestas masivas, el tiempo político se acelera. La calle puede forzar que la transición no se limite a un intercambio prolongado entre EE.UU. y los remanentes chavistas, sino que se reconozca la legitimidad de Edmundo González y María Corina Machado como líderes democráticamente elegidos. La movilización, aun con riesgos de represión, es el factor que puede convertir la incertidumbre en oportunidad inmediata.

En síntesis, el dilema es doble: obedecer y sobrevivir bajo tutela externa, o enfrentar la presión popular que exige libertad plena. La historia de Venezuela demuestra que sin la calle, los cambios se diluyen en negociaciones opacas. Hoy, la presión popular es una garantía clave de que la caída de Maduro se traduzca en democracia real.

¿Por qué no hubo celebraciones masivas tras la caída de Maduro? La respuesta está en el terrorismo de Estado. El "régimen" sigue siendo una fuerza letal: reprime, detiene, desaparece y tortura. Venezuela aún está bajo dictadura, con presos políticos y exiliados imposibilitados de regresar. Cabello, Padrino, Grancko... y todos los miembros del Cartel de los Soles, continúan operativos. El narcochavismo sigue siendo un foco de males internos y externos.

El aparato represivo chavista sigue intacto y opera como un sistema dual: los hermanos Rodríguez encarnan el rostro civil del régimen, mientras Diosdado Cabello y Vladimir Padrino sostienen el poder militar. La atención se concentra en Cabello, el más violento e ideológico, quien repite a la nación que “dudar es ser un traidor” y dirige los grupos armados que aterrorizan a la población. Al mismo tiempo, la lealtad de los generales se asegura con beneficios provenientes de las rutas del narcotráfico, lo que convierte a las fuerzas armadas en un engranaje de la economía criminal (Reuters). Este entramado explica por qué, aun sin Maduro, la dictadura respira y mantiene capacidad de resistencia, bloqueando la celebración popular y recordando que el poder no residía solo en el Palacio de Miraflores.

En este contexto, la hora de la presión popular ha llegado. Los venezolanos deben romper el miedo y salir a las calles, pacíficamente pero con fuerza sostenida. No es nada fácil, pero la intuición analítica lleva a considerar que sin ese factor activo, desenlaces prolongados e inconvenientes para la restauración democrática pueden instalarse. Sin movilización ciudadana, el proceso quedará al ritmo o atrapado entre las pulsiones externas y los remanentes chavistas que harán todo lo posible por alargar las circunstancias. La exigencia inmediata es la liberación de los presos políticos recluidos en El Helicoide. El riesgo de represión es real, pero la historia demuestra que la lucha popular también ha sido el motor de cada avance democrático.

No puede omitirse la crítica al silencio cómplice sobre la invasión progresiva de Rusia, China, Cuba e Irán, que durante años saquearon el petróleo venezolano en alianza con mafias internas. Miles de millones fueron robados, como evidencia el caso de Tareck El Aissami (el poderoso exministro del "Petróleo y el Poder Popular"), otrora protegido de Chávez. Quienes, además, ahora denuncian la “ruptura del derecho internacional” por la acción estadounidense callaron durante 25 años de violaciones sistemáticas de derechos humanos y soberanía. El chavismo no nació con Maduro, la raíz está en Chávez y en la estructura criminal con poder político que se consolidó desde entonces.

Finalmente, la liberación de Venezuela no es un fin en sí mismo, sino el inicio de un ciclo hemisférico. Si se logra romper definitivamente el poder criminal y politizado en Caracas, dos pasos decisivos se vuelven ineludibles: extirpar los tumores dictatoriales en Cuba y Nicaragua. Ambos "regímenes" han sido cómplices y beneficiarios del saqueo venezolano, y su permanencia asegura la continuidad de redes criminales, terroristas y autoritarias en la región. La caída de Maduro abre la puerta a un rediseño estratégico: la seguridad de la democracia hemisférica solo será sólida si se desmontan los enclaves dictatoriales que aún persisten.

*Miguel Lagos | Analista político 



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