La ciudad que merecemos

Las ciudades tienen una memoria que no cabe en un archivo; la guardan en los árboles aún de pie, en las casonas que resisten detrás de un portón. Guardan también heridas: un río convertido en desagüe, una huaca pintarrajeada, un parque mutado en terral, una esquina que al caer la noche pertenece al miedo. Una ciudad es lo que se cuidó y, en Lima, mucho más lo que se perdió. En una ciudad sana abrimos el caño y confiamos en el agua, y esa agua llega a todos. Respiramos sin preguntarnos qué entra a los pulmones. Caminamos suponiendo que la vereda llegará hasta la esquina, que el bus nos dejará enteros y por la noche salimos sin calcular la vuelta. De otro modo, la vida se organiza alrededor de una ciudad enferma. Un alcalde puede mejorar nuestra ciudad o sepultarla. En 1916 Lima era una ciudad que caminaba sobre tierra y barro, y bebía del Rímac un agua insuficiente y contaminada. Luis Miró Quesada de la Guerra gobernó la capital entre 1916 y 1918. En su memoria de 1916 escribió que la capital necesitaba agua abundante y absolutamente pura. El 19 de mayo de 1917 inauguró en La Atarjea la primera planta de clorinación del Perú. Había quien creía que el cloro volvería tóxica el agua. No discutió el miedo en la plaza. Hizo funcionar la planta sin aviso y, cuando la ciudad ya la había bebido varios días, anunció que estaba purificada. Impulsó además la pavimentación y abrió los primeros refectorios escolares. Entendió que gobernar es ocuparse de aquello que después nadie debería tener que recordar. Luis Bedoya........

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