Delincuencia común, corrupción y buen gobierno |
Escuchando a los candidatos presidenciales debatir sobre corrupción e inseguridad, nadie sabe si ponerse a reír o a llorar al escuchar propuestas de solución que no muestran una ruta coherente, ni mental ni orgánicamente, que supere las objeciones del sentido común de la sociedad que vive y sufre la agresión y conoce mejor las fórmulas de solución o las mejores propuestas para librar una guerra que garantice una victoria total sin caer en el error de Pirro. La gran mayoría de propuestas ofrecen reformas integrales de la policía para erradicar la corrupción que ha destrozado la confianza ciudadana en dicha entidad, tanto así que la población tiene temor de acercarse a una comisaría a denunciar agresiones o reclamar derechos; desconfía de los policías en las calles; cualquier batida vehicular por parte de la policía de tránsito genera serias sospechas de trampas coimeras, entre otros, a pesar de que todos sabemos que tenemos muy buenos y honrados miembros del cuerpo policial, cuyas virtudes se quedan en la oscuridad del anonimato por la generalizada percepción de corrupción anidada en la psicología colectiva; por ende, anteponer a la lucha contra la delincuencia y la corrupción, porque ambas se retroalimentan, reformas integrales de instituciones que conforman el gran sistema de seguridad ciudadana, es mandar el problema actual a un futuro indeterminado con un gigantesco costo económico y social. Recordemos que ya van varias décadas en que el problema de la violencia criminal iba sembrando sus raíces en la colectividad: desaparecieron los carteristas, el hurto a la carrera, el robo nocturno en las viviendas conocido como “la monra”, el asalto callejero por agresores no armados, entre otras modalidades delictivas comunes, las que fueron siendo sustituidas por hurtos y robos callejeros cada vez más agresivos porque ya el despojo de dinero, relojes, celulares y demás bienes portados por un transeúnte no se hacía únicamente con el uso de la fuerza física, sino bajo amenaza, primero con arma blanca, pero luego con armas de fuego, cuyo uso disuasivo en un inicio terminó utilizándose como medio para dar muerte a la víctima por pura ferocidad. La ferocidad convertida en asesinatos fue agrupándose a vista y paciencia del Estado, cuyos agentes comenzaron a hablar de crimen organizado cuando ya las grandes bandas actuaban a sus anchas en ámbitos territoriales bajo su control, sometiendo a la población por alarma, terror y zozobra, cuyos verbos definen el terrorismo puro. El problema mayor es que desde el Estado se hablaba de crimen organizado transnacional, pero nadie actuaba para poner freno al control social y económico que esos grupos ejercían imponiendo cupos a toda la población, comenzando desde los trabajadores y emergentes más humildes hasta llegar al transporte público, en el cual el número de choferes, cobradores y llamadores muertos alcanza ya una cifra de espanto. Lo preocupante es que tanta violencia se hace costumbre social y la población también puede llegar a ese nivel de confrontación en sus relaciones diarias y hasta en el debate público.
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