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Combatir la violencia: paradoja electoral…

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02.04.2026

Los peruanos sabemos, porque lo sufrimos, el altísimo nivel de violencia que se está desatando en toda la población, cuya situación amenaza desbordar todo freno de control, tanto en el plano interno del individuo como en la dimensión social y  política. Solo cuando los organismos supranacionales empezaron a poner atención sobre la necesidad de combatir toda clase de violencia, el Estado comenzó tímidamente a construir un marco normativo, pero sin mayor fortaleza institucional, para frenar la violencia física y psicológica en el hogar porque era el escenario en el cual se venía destruyendo el futuro de muchos niños testigos de graves peleas entre los padres, interiorizando la degradación mutua en base a insultos y frases denigrantes y lesivas a la dignidad y respeto individual, de modo que, sin identidad definida y sin capacidad de discernir para comprender o al padre o a la madre, los hijos quedaban expuestos a una pérdida gradual y a veces irrecuperable de autoestima y de odios que se iban a manifestar en su adultez con una estadística de miedo relativa a la repetición de los mismos escenarios en las nuevas generaciones. No se avanzó casi nada en esa guerra contra la violencia y comenzaron a convertirse los pleitos e insultos en agresiones físicas que lamentablemente están terminando en asesinatos por iras descontroladas, mayormente teniendo como víctimas a las mujeres, lo que obligó a endurecer la tipicidad penal para la represión del delito ya cometido cuando lo que se buscaba y se busca hasta hoy es que el hecho no se produzca y que los controles emocionales prevalezcan a partir de una buena formación en valores y generación de personalidad y carácter muy sólidos para que el individuo tenga la capacidad de frenar el impulso de bajas pasiones. Como ya hemos venido señalando en anteriores artículos, esa violencia física y psicológica se trasladó a la calle, en donde la discriminación, la agresión impune y el aprovechamiento de la debilidad o vulnerabilidad de algunos terminaba siendo una fuente de obtención de riqueza para una delincuencia que iba creciendo día a día y que había comenzado a imponer como método “el bien o la vida” a punta de cuchillo o arma de fuego para luego forjar un ejército de sicarios que matan por menos de mil soles. Se dice que el niño cree que es verdad lo que sus padres le dicen hasta los cinco años y que luego se convencen de que la verdad está en lo que sus padres hacen cuando tienen entre seis y doce años porque, a partir de entonces, si el ejemplo es malo, ya no reconocen autoridad a los padres y comienzan una vida sin rumbo ético y con una mente severamente afectada, al punto que el número de adolescentes sicarios va creciendo día a día. El mal ejemplo destruye, pero al observar a nuestros políticos en los debates electorales, el peor ejemplo de violencia irreconciliable en ese nivel está a la vista de todos.

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