Irán y la perversidad del mundo buenista |
A marzo de este año, el Organismo Internacional de Energía Atómica —la agencia oficial encargada de supervisar el uso pacífico de la energía nuclear— ha confirmado que Irán posee al menos media tonelada de uranio enriquecido a niveles excepcionalmente altos, llegando hasta el 60 %. Ese umbral, como señalan especialistas citados por el propio organismo, reduce drásticamente el esfuerzo técnico necesario para alcanzar el 90 %, el grado armamentístico requerido para fabricar bombas atómicas. El material se encuentra almacenado en instalaciones no precisadas, probablemente en Isfahán, y bajo un nivel de supervisión cada vez más precario. El problema no es solo la cantidad, sino la opacidad. Desde septiembre de 2025, el OIEA ha advertido que, debido a la falta de acceso a instalaciones declaradas y afectadas por ataques previos, ya no puede asegurar con precisión el tamaño, la composición ni el paradero de todas las existencias. Tras el bombardeo estadounidense del depósito subterráneo cercano a Teherán, la verificación periódica —pilar del sistema de salvaguardias— quedó seriamente comprometida. En términos simples: incluso si el material sigue allí, el organismo no puede certificarlo bajo sus estándares habituales. Y en materia nuclear, la incertidumbre es un riesgo estratégico en sí mismo. En paralelo, Irán ha desarrollado una industria de drones que sorprende incluso a sus adversarios. Hace poco lanzó un aparato capaz de alcanzar la isla Diego García, a casi cinco mil kilómetros de distancia. Y ha organizado batallones enteros de drones de corto y mediano alcance que hoy emplea en su guerra contra Israel. La combinación de capacidad nuclear latente y poderío tecnológico asimétrico no es una especulación: es un hecho. ¿Cómo llegó Irán a este punto? Según sostienen numerosos analistas y críticos de la política exterior occidental, ello fue posible gracias a una indulgencia sistemática promovida por sectores políticos que privilegiaron la narrativa sobre la realidad. Gobiernos como los de Barack Obama y Joe Biden en Estados Unidos, así como mandatarios europeos alineados con esa visión —entre ellos Pedro Sánchez— apostaron por una diplomacia que, en nombre del diálogo, terminó otorgando concesiones estratégicas a un régimen teocrático y militarizado. Esa aproximación, presentada como progresista y humanista, permitió que Teherán ganara tiempo, legitimidad y espacio para avanzar en su programa. A esa corriente se suman los llamados “buenistas” del mundo libre, incluidos sectores de la izquierda latinoamericana que, desde la comodidad de sus discursos, defienden causas libertarias mientras ignoran la naturaleza represiva y expansionista del régimen iraní. En su afán por oponerse a todo lo que huela a Occidente, terminan justificando —o minimizando— el avance de una potencia que combina fanatismo ideológico, ambiciones regionales y ahora, potencial nuclear. El resultado es evidente: Irán está ahora más cerca que nunca de transformarse en una potencia nuclear de facto, protegido por la indulgencia de quienes, paradójicamente, se presentan como defensores de la paz. Esta es la miserable tragedia del buenismo contemporáneo: confunde concesión con virtud, y termina fortaleciendo a quienes menos creen en la libertad que dicen defender.
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