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“Todos fuimos engañados, yo el primero”

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27.02.2026

La fallida designación de Hernando de Soto como presidente del Consejo de Ministros revela el nivel de caos, presión y captura política por el que atraviesa nuestro país. Su propio comunicado —donde afirma: “Todos fuimos engañados, y yo fui el primero”— representa un episodio que no solo lo desaira, sino que expone un problema mucho más profundo: un gobierno incapaz de sostener decisiones básicas sin ceder a presiones externas de las cuevas izquierdistas extremas. De Soto había sido presentado públicamente como premier del régimen de José María Balcázar. Según su testimonio, existía incluso un acuerdo sobre la línea política del gabinete y una lista preliminar de ministros. Sin embargo, súbitamente, Balcázar dejó de responderle las llamadas y, finalmente, juramentó a Denisse Miralles como premier. De Soto se enteró de su exclusión por la prensa, lo que convierte el hecho en una humillación política. Mediante un comunicado, De Soto sostiene que Balcázar fue presionado por grupos políticos y lobistas (César Acuña y José Luna Gálvez —dueños de emporios universitarios de baja calidad y alta rentabilidad—) para restaurar aquel poder que alcanzaron desde la fallida gestión del golpista José Castillo, matizada por Dina Boluarte. El presidente Balcázar “está secuestrado” —dice De Soto— por grupos desaprobados por el 90 por ciento de los peruanos, que no representan a nuestra sociedad, pero buscan conducir el Perú al caos y al avasallamiento del pueblo. Ciertamente, un jefe de Estado que anuncia un premier y, horas después, lo sustituye sin explicar por qué, transmite debilidad y falta de control sobre su propio entorno político, lo que significa que las decisiones no las toma en función del interés nacional, sino por meros pactos de supervivencia política. Es más, la Constitución establece que la composición del gabinete la configuran solo el presidente y el premier. Sin embargo, según De Soto, “intervinieron ministros, como operadores externos, para bloquear mi nombramiento”. Otra muestra de que este Ejecutivo carece de cohesión, porque las decisiones estratégicas se negocian en la sombra; por tanto, la gobernabilidad está sometida a presiones, sin rendir cuentas a nadie. Estamos en crisis de seguridad, en emergencia climática y en desconfianza absoluta del ciudadano. Es decir, un gobierno sin timón, gritando: “Sálvese quien pueda”. Un ambiente propio desde algún golpe de Estado hasta la instauración de actos de extrema violencia como respuesta. La pregunta es, entonces: estando a ocho semanas de las elecciones generales, ¿este gobierno —incoherente, fragmentado y descartable desde todo punto de vista— resistiría hasta la instalación del ansiado régimen democrático, o antes lo haría un régimen golpista de características torvas y estalinistas, liderado por el sátrapa Vladimir Cerrón? Es sumamente difícil que nuestra democracia recupere autoridad en momentos de absoluta incoherencia y extrema fragilidad, como en los que se encuentra tras un episodio donde el presidente interino —Balcázar— exhibe, sola y penosamente, su absoluta vulnerabilidad e ineptitud como gobernante, sumado a una apabullante carencia de respaldo político propio. En medio de semejante inestabilidad sociopolítica, probablemente Balcázar proponga posponer las elecciones: el ansiado momento que busca la izquierda, como anticipamos hace un mes.

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