El Frankenstein electoral que amenaza al Perú

A medida que se acortan los días hacia el 12 de abril de 2026, fecha en la que los ciudadanos acudirán a las urnas para elegir al próximo presidente del Perú, el panorama político se parece cada vez más a una mesa de sastre donde la tela está cortada en pedazos y cada quien intenta armar su propio traje de poder. Ya lo advertí en columnas anteriores: ¡Todo está de cabeza! La convocatoria electoral parece confeccionada a retazos, con decisiones improvisadas y reglas que generan más dudas que certezas. Ante este escenario, la pregunta se vuelve inevitable: ¿realmente podemos hablar de transparencia, legalidad y respeto al voto ciudadano? Este proceso se ha convertido en un cambalache donde hay ingredientes de todo y para todos, candidatos de todas las medidas, algunos con trayectoria y otros cuya historia pública los coloca más cerca de un proceso judicial que de la conducción de una nación. La política se ha vuelto una pasarela de colores cambiantes. Ayer era naranja, luego celeste, amarillo o azulino. Hoy se viste de blanco y mañana, quién sabe, quizá de rojo carmesí. No se trata de convicciones, sino de conveniencias. Los partidos han terminado convertidos en simples vehículos electorales donde lo ideológico ha sido reemplazado por el cálculo frío del momento. La criatura política Pero hay algo aún más preocupante. Los propios peruanos parecen estar construyendo su propio Frankenstein político: una criatura armada con piezas incompatibles. Una cabeza elegida para gobernar —el presidente de la República— y un cuerpo compuesto por extremidades que no guardan relación alguna con esa cabeza: partidos fragmentados, agendas contradictorias y bancadas que responden únicamente a intereses particulares. Ese monstruo institucional no sabrá hacia dónde caminar. Mientras su brazo derecho le exigirá avanzar hacia un rumbo, su pierna izquierda lo arrastrará hacia otro camino totalmente distinto. No habrá dirección ni conducción política, solo un permanente forcejeo entre poderes que se neutralizan mutuamente. Un país que camina como sonámbulo En medio de este escenario se lanzan dagas, lanzas, hachas y ondas. Las descalificaciones reemplazan al debate y la intriga sustituye a las propuestas. Mientras tanto, el ciudadano queda atrapado entre el ruido, la confusión y la desconfianza. Resulta inevitable preguntarse qué perversidad buscan concretar contra un país bendecido, una nación rica en recursos y oportunidades que despierta el interés de muchas naciones del mundo. ¿Acaso gobierna la necedad en los corazones de quienes aspiran al poder? ¿O es la angurria y la codicia lo que termina obnubilando la razón? La historia reciente nos da una advertencia clara: un gobierno construido como ese Frankenstein político difícilmente puede sostenerse en el tiempo. Las contradicciones internas terminarán por devorarlo. Y entonces volveremos al punto de partida: otra crisis política, otra frustración colectiva y otra oportunidad perdida para el país. He dicho.

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