La tubería invisible
El taxista apaga el motor y suspira. Lleva media hora en la fila de un grifo que ya colgó el cartel de “sin GNV”. Afuera, el sol cae sobre el parabrisas y el aire acondicionado está apagado para ahorrar combustible. En Lima, miles de conductores, fábricas y hogares dependen de algo que casi nadie ve: una tubería enterrada a cientos de kilómetros. Y cuando esa tubería falla, todo se detiene. Una deflagración en los ductos del sistema de gas natural en Cusco interrumpió el suministro que alimenta buena parte de la economía limeña. De pronto, Lima recordó algo que normalmente da por sentado: la energía no es un detalle técnico. Es la base de la vida cotidiana. Sin gas, las industrias reducen operaciones, los grifos se quedan sin combustible y el Estado empieza a tomar medidas de emergencia para evitar un colapso mayor. La reacción fue inmediata. El Gobierno dispuso teletrabajo para el sector público en la capital y promovió la misma modalidad en empresas privadas para reducir la demanda energética. También anunció clases virtuales durante una semana en colegios, institutos y universidades. De pronto, un problema técnico en una infraestructura lejana se convirtió en una decisión que afectó la rutina de millones de personas: estudiantes frente a pantallas, oficinas cerradas, fábricas reorganizando turnos. Mientras tanto, las industrias buscaron sobrevivir. El regulador permitió que varias empresas migren temporalmente del gas natural a combustibles alternativos como diésel o GLP para evitar detener la producción. Es una solución de emergencia. Más cara, menos eficiente, pero necesaria para que las líneas de producción no se apaguen completamente. Lo que estamos viendo no es solo un accidente. Es un espejo. Un recordatorio de lo frágil que puede ser la economía cuando depende de infraestructuras críticas que muchas veces se dan por resueltas. Una sola tubería puede sostener fábricas, transporte público, industrias alimentarias y parte del sistema eléctrico. Cuando esa tubería falla, el problema no es energético: es económico. Aquí aparece una pregunta incómoda. ¿Por qué seguimos reaccionando con medidas de emergencia cada vez que ocurre una interrupción? No hacerlo es seguir en este círculo vicioso de que el resultado es un sistema que funciona bien… hasta que deja de hacerlo. No se trata solo de reparar una tubería o importar combustible. Lo realmente grave es que hemos aprendido a convivir con una economía donde las soluciones estructurales siempre quedan para después. En el Perú, construir infraestructura energética, ampliar redes o desarrollar nuevos proyectos suele enfrentar capas de trámites, permisos y regulaciones que ralentizan todo. Y cuando la inversión se vuelve lenta, el crecimiento también lo hace. El riesgo de la sobrerregulación es justamente ese: no solo frena proyectos, también reduce la capacidad del país para anticipar crisis. Sin nuevas inversiones, sin redes más amplias y sin mayor capacidad de respuesta, cada emergencia se convierte en un episodio nacional. Al final del día, el taxista de la fila no piensa en ductos ni en política energética. Piensa en cuántas carreras perdió hoy. En el dinero que no entró a su bolsillo. En la gasolina más cara que quizá tendrá que usar mañana. Pero su historia está conectada con algo más grande. Porque cuando una economía depende de una sola tubería, el problema no es la tubería. El problema es todo lo que dejamos que eso suceda.
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