No es un error: es un patrón

En el Perú ya no estamos frente a decisiones aisladas, sino frente a un patrón que se repite: gastar sin respaldo, comprometer recursos y trasladar el costo a todos los peruanos. Con la última inyección de S/ 500 millones, el Estado peruano ya ha comprometido más de S/ 18,380 millones en PetroPerú, recursos públicos que, en la práctica, han quedado sin una posibilidad realista de recuperación. No entendemos por qué se sigue haciendo, ni cuánto más se podrá inyectar. Lo que sí sabemos es que esta situación es cada día más insostenible. PetroPerú arrastra problemas estructurales conocidos: altos niveles de endeudamiento, baja eficiencia operativa y una rentabilidad que no compensa los recursos comprometidos. A pesar de ello, la respuesta ha sido la misma una y otra vez: más dinero. En ese contexto, la reciente salida de la ministra de Economía no es un dato menor. Se produce en medio de una clara divergencia sobre la continuidad del financiamiento a la empresa estatal. No es un detalle político. Es una señal. Porque mientras desde el Ejecutivo se reabre la puerta para seguir destinando recursos a una empresa sin viabilidad, desde el Congreso se avanza en la misma dirección, pero por otro camino. Hace pocos días, se aprobó una norma que compromete alrededor de S/ 2,800 millones adicionales para el erario nacional, vinculada a beneficios económicos para el magisterio. El problema no es el reconocimiento a los maestros. El problema es cómo se financia. Cuando se aprueban obligaciones permanentes sin respaldo sostenible, lo que se genera no es justicia, sino presión fiscal. Y aquí es donde el patrón se vuelve evidente. Los mismos grupos políticos que han tenido un rol determinante en la conformación del actual gobierno son también los que, desde el Congreso, impulsan decisiones que incrementan el gasto sin resolver el problema de fondo. No se trata de hechos aislados. Se trata de decisiones que coinciden en una misma lógica. Por un lado, se insiste en sostener una empresa que no logra sostenerse por sí misma. Por otro, se crean nuevas obligaciones que el Estado deberá financiar en el tiempo. El problema es ideológico: se insiste en sostener lo inviable, aun cuando la realidad económica demuestra lo contrario. Cada una de estas decisiones, vista por separado, puede intentar justificarse. Pero juntas revelan algo más profundo: una forma de entender el poder, una forma en la que el gasto no responde a la sostenibilidad, sino a la conveniencia política, una forma en la que el corto plazo se impone sobre la responsabilidad de largo plazo y una forma en la que siempre hay recursos para comprometer, pero nunca claridad sobre cómo sostenerlos. Y eso tiene consecuencias. Cada sol destinado a cubrir ineficiencias o a financiar decisiones sin respaldo es un sol que deja de invertirse en lo que realmente importa: salud, educación de calidad e infraestructura que cierre brechas. El Perú no necesita más decisiones que suenen bien en el momento. Necesita decisiones que resistan el tiempo. Cuando el Estado actúa sin disciplina, no solo compromete sus cuentas: compromete su futuro. Y cuando ese patrón se repite, ya no estamos frente a un error, sino frente a una forma de gobernar que deslegitima lo técnico e impone el populismo mediático electoral.

Por David García Rodríguez

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