Hacia la salida del laberinto

A la luz de los resultados de las últimas elecciones, existe una conclusión imposible de ignorar: el sistema de partidos políticos en el Perú ha colapsado. Más de treinta organizaciones participaron en el proceso electoral. Sin embargo, la gran mayoría no logró construir una representación nacional mínima, evidenciando una fragmentación  política extrema que no fortaleció la democracia peruana, sino que terminó debilitándola. El problema ya no es únicamente electoral. El problema es estructural. Durante años, el Perú confundió cantidad con representación. Se creyó que multiplicar partidos significaba ampliar la democracia, cuando en realidad ocurrió lo contrario: proliferaron movimientos sin doctrina, sin cuadros técnicos, sin vida orgánica y sin una verdadera visión de país. Muchos de ellos existen alrededor de un fundador, un candidato o un financista, pero no alrededor de un proyecto nacional permanente. En el Perú ya casi no existen partidos políticos en el sentido clásico del término. Existen, en muchos casos, vehículos electorales temporales. La pluralidad democrática es saludable. Lo que destruye la gobernabilidad no es la diversidad de ideas, sino la pulverización extrema del sistema político. La atomización partidaria no fortaleció la representación ciudadana; debilitó la capacidad del Estado para gobernar, planificar y construir continuidad nacional. La consecuencia de esta fragmentación es devastadora para el país. Cada cinco años, el Estado prácticamente vuelve a empezar desde cero. Cambian prioridades, se paralizan proyectos, se desmontan políticas públicas y desaparece cualquier posibilidad de continuidad nacional. Así resulta imposible construir planes serios en educación, seguridad, infraestructura, energía, salud o desarrollo urbano. Un país con decenas de fuerzas dispersas puede terminar teniendo representación política, pero no necesariamente........

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