…Elucubrando… ¿Por qué no?

¿Ofuscado, molesto, contrariado? ¿Cómo era, en realidad, el estado anímico del tembleque José María? Encerrado en Palacio, que le parece la cancha del Estadio Nacional, quedó allí después de una contundente admonición llegada de V. Cerrón. ¿Qué fue, en realidad, lo que lo puso en tan calamitoso estado? Los “inteligentes” especialistas y juristas críticos de toda laya diseñaban elucubraciones y hasta afirmaban a favor del tío, cuya desbordante inteligencia de “hombre de Estado” sobresalía a la hora de mostrar gran muñeca política: la de expectorar a la Sra. Miralles de la PCM. Aumentando esa flor, se arrancaron con elogios: “¡Qué habilidad, qué tino y qué preciso, amén de atinado, para quitarle el cuerpo a la obligatoriedad de solicitar la confianza de los congresistas!”. Sin embargo, festejan que haya dejado cazando moscas a los buitres congresales. “¡Qué bien, caracho!, ¡qué preciso y atinado!”, decían los que se arrimaron a favor del tío. Alimentaron, en el mismo sentido, que José María tuvo la habilidad de petardear el voto de confianza que no llegaría, aun cuando la Sra. Miralles —y no “la Miralles”, como dice despóticamente el anciano— le aseguraba casi rogativamente: “Tío, ya tengo los votos”. Otros muy “inteligentes” en escaramuzas políticas se fueron a otro extremo: “El chocho Balcázar no sabe dónde está parado. Lo que ha hecho no lo hace ni Tongo”. Que está perdido en el espacio, que el cargo le queda muy grande, y más chancadas. Otros, sin irse por las ramas, fueron más directos: “Oiga, que Balcázar tiembla cada vez que el escondido Cerrón lo llama y lo conmina a obedecer”. Entonces se intuye que el encargo, más cerca de una orden, fue este: “Saca a la Sra. Miralles. Ojo que te digo: la sacas o la sacas”. A José María, tal como todo chueco comunista, le transfirió el maltrato a la Sra. Miralles, jefa de la PCM. Y, tomándola como piñata, le soltó: “Renuncia o te renuncio”. Pero, tío… Nada, no tengo alternativa. Para esconder sus temores, José María dispone que titirimundi abandone la sala. Pero, ay, tío, no contaba con la astucia del que le lleva el té o la manzanilla. De ahí se infiere que el chocho José María estuvo al borde del desmayo. La Sra. Miralles, tratando de hacer lo mejor, pagó el pato de las arrechuras de Vladimir Cerrón. Entonces, para desintoxicarnos un rato de la invasión de aventureros, veamos: mejor es que aprehendieran a uno de los implicados en el asesinato de la trabajadora del Congreso, Srta. Vidal. Después ellos dirán, como el paje de la reina, Santibáñez, que el tipo se suicidó: “Porque miren, así se cortó el finado”. Y el engreído tiene el cuajo de candidatear para una curul.

Por Arturo Benjamín Berdejo Vera

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