El reloj de Keiko ya empezó a correr

Keiko Fujimori aún no ha jurado el cargo, pero el país ya le está pasando la factura, con intereses, mora y penalidad por adelantado. Su triunfo electoral no le ha entregado una alfombra roja hacia Palacio, sino un campo minado, con dinamita incluida y varios voluntarios esperando el primer tropiezo para prender el fósforo. La nueva presidenta llegará al poder sin luna de miel, sin período de gracia y, por supuesto, sin ese lujo tan exótico en la  política peruana llamado margen de error. La oposición no esperará resultados: esperará excusas para incendiar la pradera. Y si no las encuentra, probablemente las fabricará con la eficiencia que rara vez muestra para gobernar. El Perú no está ingresando a una etapa de calma. Sería demasiado pedir. Está entrando a una fase de máxima tensión, porque los sectores derrotados no parecen muy interesados en aceptar el resultado con serenidad democrática. Al contrario, ya se advierte la intención de instalar un clima de sospecha, agitación y desgaste permanente. La consigna será sencilla: impedir que el nuevo gobierno gobierne y luego acusarlo, naturalmente, de no gobernar. Por eso, Keiko Fujimori debe entender desde ahora que no tendrá cien días de gracia. No los tendrá en la calle, no los tendrá en el Congreso, no los tendrá en los medios adversos ni en los sectores radicales que buscarán reactivar viejas campañas de desconocimiento político. Cada ministro será revisado con lupa, microscopio y mala fe. Cada nombramiento será usado como arma. Cada demora será presentada como incapacidad. Cada decisión firme será denunciada como autoritarismo. Y cada silencio, por supuesto,........

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