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Invitado de honor

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16.09.2021

Confieso que en mis épocas de estudiante de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM fui simpatizante de Fidel Castro y de la Revolución Cubana.

Me enorgullecía el hecho de que, en aquel mundo bipolar, México fuera el único país de América Latina que no rompió relaciones con Cuba para complacer a Estados Unidos y que no votara a favor de su expulsión de la OEA.

Cantaba con fervor las canciones de Carlos Puebla. Mi verso preferido era “Fidel, Fidel, ¿qué tiene Fidel, que los americanos no pueden con él?”.

Lo veía con admiración y respeto. Pero el mundo cambió. Las ideas también.

Mi historia encajaba con aquello de que el que no es comunista a los 20 años es un pendejo, pero el que lo sigue siendo después de los 40 es doblemente pendejo.

En años posteriores viajé a Polonia, Alemania Oriental, Checoslovaquia –detrás de la cortina de hierro– y a Cuba. Quería ser testigo de cómo se vivía en el socialismo. Me desilusioné por completo. Vi estados policiacos y ciudadanos sin expectativas.

*Escribo lo anterior a........

© Excélsior


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