La arriesgada apuesta maximalista de Kast. Por Jorge Schaulsohn

Kast ha optado por ejercer ese mandato sin matices, tensionando al máximo el sistema político y asumiendo los costos que ello implica.  Si esa apuesta resulta exitosa, dependerá no solo de la evolución de la economía o de la seguridad, sino también de su capacidad de sostener el rumbo sin perder legitimidad social. Pero lo que ya es evidente es que no estamos ante un gobierno que busque administrar inercias, sino que pretende alterarlas. Y eso, inevitablemente, tiene un precio.

Balde de agua fría. Todo iba “viento en popa”. El contraste con el accidentado inicio de Gabriel Boric era palpable. Desde el primer día se firmaron en La Moneda solemnemente decretos, tipo “órdenes ejecutivas”, para poner en marcha el “gobierno de emergencia”, mientras el pueblo aguardaba en la Plaza de La Constitución el saludo del presidente.

A los pocos días lo vimos en terreno supervisando la construcción de las zanjas en el extremo norte, cumpliendo una de sus principales promesas de campaña, a saber, terminar con la inmigración ilegal. Reinaba un clima de optimismo con predicciones muy positivas en el ámbito económico. Soplaba viento de cola. 

Hasta que las bombas lanzadas sobre Teherán empezaron a reventar en Chile elevando el precio del petróleo por las nubes; un balde de agua fría sobre las expectativas económicas.

En pocas semanas se instaló con fuerza un relato que, por repetición, se transformó en “sentido común”; que el gobierno de José Antonio Kast habría “implosionado”, actuado con precipitación, falta de sensibilidad social, arrogancia y cometido errores graves en su instalación.

Tres premisas. Columnistas, dirigentes opositores e incluso voces cercanas han coincidido en el diagnóstico de que el problema era “comunicacional”. Falta de relato, torpeza en el despliegue, incapacidad para explicar decisiones.

Hay algo de cierto en ese juicio, los errores existen, pero reducir lo que está ocurriendo a un “déficit comunicacional” equivale a que las ramas no dejan ver el bosque, una forma de evasión del debate de fondo, explotación de la crítica facilista.

Porque si nos detenemos a observar, el principal detonante del cambio en el estado de ánimo fue la brusca alza del precio de los combustibles y la decisión de traspasar su costo a los automovilistas particulares.

El gobierno optó, sin anestesia, por no amortiguar el impacto con subsidios generalizados aun sabiendo que el efecto sería muy impopular. Puede que, por añadidura, no hayan sabido comunicarlo de la mejor forma, pero fue una decisión de política pública estratégica, que se enmarca en la concepción filosófica que lo inspira, sobre cómo defender el bien común.

Una ruptura con las políticas de todos los gobiernos anteriores, incluyendo al de Sebastián Piñera, donde siempre se recurrió al uso de recursos públicos ante situaciones como estas, porque la prioridad principal era preservar el apoyo popular.

Es una forma distinta de gobernar. Kast está dispuesto a correr riesgos, hace una apuesta por la capacidad de su gobierno de absorber caídas en la popularidad y recuperar el terreno perdido bajo la convicción de que está haciendo lo correcto.

Que descansa en tres premisas: Que vale la pena pagar el costo en popularidad, que será transitorio y acotado, que la disciplina fiscal rendirá frutos que mejoraran la calidad de vida de todos los ciudadanos, y que al no haber un horizonte electoral cercano existe margen para adoptar decisiones difíciles pero necesarias, aunque sean objeto de duras críticas de la oposición e incomprendidas por la opinión pública,

“Luna de miel” inexistente. Pese a que existe un amplio consenso en cuanto a la precaria situación de las arcas fiscales, y que la decisión del gobierno no fue caprichosa ni irracional, la oposición tiene que esmerarse en sacarle máximo partido a políticas que afectan directamente el bolsillo de la gente. No se puede esperar otra cosa.

En otras palabras, bajo la etiqueta de “mala comunicación” se esconde un desacuerdo doctrinario profundo.  Si la oposición hubiese estado en el gobierno, probablemente habría subsidiado los combustibles, amortiguando el impacto en el corto plazo y trasladado los costos hacia a las nuevas generaciones.

Este no es un gobierno que rehúye la confrontación ideológica, tiene un sentido de “misión” que actúa movido por sus convicciones, lo que sin duda provocará duros enfrentamientos con la oposición.

El presidente va con todo: indultos, suspensión de la expropiación de Villa Baviera, reducción de la gratuidad, rebaja de impuestos, fin de la candidatura de Bachelet, despidos en el sector público que afectan el plan de búsqueda y de memoria histórica, desregulación en el medio ambiente, ley de pesca, entre otros.

Lo que algunos en la oposición ya califican como una “retroexcavadora” 2.0

Por eso, contrariamente a lo que se afirma, no es efectivo que la “luna de miel” haya “sido la más breve de la historia”, ni que haya terminado por el tema de los subsidios a las bencinas; porque en honor a la verdad nunca existió. La izquierda ve a este gobierno con la misma desconfianza que la derecha sentía por el de Boric.

Para un sector de la oposición, que se podría hacer hegemónico, este gobierno representa una amenaza “existencial”; solo estaban esperando la ocasión propicia para tocar las campanas a arrebato.

Sin matices. En definitiva, lo que estamos viendo no es s un problema de instalación, ni tropiezos comunicacionales. Es el inicio de un ciclo político marcado por una confrontación de ideas, de proyectos de sociedad alternativos.   

No estamos ente una “crisis”, ni un desplome, como se desprende de las propias encuestas que, pese a una intensa campaña mediática de la oposición, muestra que el gobierno, si bien ha experimentado una baja, mantiene un alto nivel de apoyo del orden del 47%. 

Porque, al final del día, las elecciones sí tienen consecuencias, redefinen prioridades, cambian el lenguaje del poder y reordenan los márgenes de lo posible.

Kast ha optado por ejercer ese mandato sin matices, tensionando al máximo el sistema político y asumiendo los costos que ello implica.

Si esa apuesta resulta exitosa, dependerá no solo de la evolución de la economía o de la seguridad, sino también de su capacidad de sostener el rumbo sin perder legitimidad social.

Pero lo que ya es evidente es que no estamos ante un gobierno que busque administrar inercias, sino que pretende alterarlas. Y eso, inevitablemente, tiene un precio.

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