La lealtad en política: el goma y el chueco. Por Álvaro Vergara |
Los gomas pueden ser de enorme utilidad, y los hay de muchos tipos. Pero detrás de algunos existe una intención sospechosa: mientras le detentan el vaso al señor, piensan en cómo escalar, o simplemente lo sostienen por miedo. En el chueco no chueco, en cambio, aparece una virtud cuando ejerce su rol: se arriesga porque cree tener una obligación de decir lo que piensa, con sus implicancias naturales. El que actúe de mala fe resulta poco creíble, pues su fin es la búsqueda de figuración.
La lógica de amigos y enemigos (en su versión panchorregista, no schmittiana) que se instaló en la política le asigna un bando a quien opina. Si critica algo que incomode, pasa a ser un “chueco”, indigno de confianza. Si elogia o reconoce a alguien de su sector, queda entre los útiles. La etiqueta encasilla a la persona según lo que el ofendido o el halagado quieran interpretar.
A los serviles, en Chile, se les dice con una palabra antigua, pegajosa y vigente: goma. Algunos son expertos en reclutarlos, hacerlos crecer y multiplicarlos hasta formar ejércitos. Otros son hábiles en gomear: el jardinero, el asesor, el empleado diligente, son tildados así en la conversación. Y los últimos, claro, son quienes lo encarnan. En cada sociedad alguien debe cumplir ese rol.
En su libro Chilenismos, José Toribio Medina relaciona el origen del término con el caucho en la suela de los zapatos. La imagen recuerda las ojotas que, antes de la masificación del consumo concertacionista, se fabricaban en el campo con neumáticos abandonados. La goma se moldeaba a mano y luego quedaba aplastada por las asperezas del pie. El reemplazo de “la” goma por “el” (tan propio de la chispeza criolla) permitió incorporar la persona a la fórmula.
La conexión pareciera........