Migrantes
21 de abril 2026 - 03:06
León XIV ha dicho en el corazón de África: “Ante la comprensible tendencia migratoria, que puede llevar a creer que en otros lugares se puede encontrar fácilmente un futuro mejor, los invito ante todo a responder con un ardiente deseo de servir a su país”. Su discurso en el encuentro en la Universidad Católica de África Central (Yaundé, Camerún) es muy importante, porque a menudo las víctimas de la idealización del fenómeno migratorio son los propios emigrantes. Y los países de origen pierden siempre, pues son privados de sus jóvenes más dinámicos y emprendedores, de su capital humano.
Este enfoque ya lo formuló hace unos años la joven escritora Ana Iris Simón, que denunció un nuevo colonialismo 2.0. Consiste en expoliar a distancia, sin mancharse las manos, con el aplauso de lo políticamente correcto y de la conciencia satisfecha, a los países pobres de su riqueza natural y espiritual, o sea, de sus gentes. El cardenal Sarah lleva toda la vida avisándolo. Julián Marías jamás pensó irse de España, a pesar de sus dificultades políticas y profesionales con el régimen de Franco. Su primer deber era con su patria a las duras y a las maduras.
Las palabras no son neutrales y no está de moda la palabra “patriotismo” y sí lo está llamar “migrantes” a los que son, según se mire, o “emigrantes”, cuando abandonan su hogar, o “inmigrantes”, cuando llegan a otro país. Lo de “migrantes” les deja flotando en el éter, sin tierra de origen ni de recepción. Pero las raíces, allá o aquí, son esenciales.
Cierto que la emigración también produce problemas importantes en los países de destino y que tiene motivaciones oscuras, como bajar los salarios de los trabajadores o conseguir, junto a mano de obra barata, mano de voto cautivo. Pero el Santo Padre y el cardenal Sarah y Ana Iris Simón aciertan en poner por delante lo bueno que se pierde y no lo malo que se avecina. Primero, porque el bien siempre vale más que el mal y, segundo, porque la denuncia de los problemas en las comunidades europeas podría dar la impresión (muy precipitada, pero aun así inquietante) de falta de hospitalidad y de fraternidad. En cambio, la preocupación por el auténtico bienestar de las personas y por el progreso necesario de los países es una caridad bien ejercida, que siempre empieza por la verdad de las cosas.
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