El evangelio según San Pedro |
14 de marzo 2026 - 03:08
Pasen, siéntense y pónganse cómodos en los bancos de esta nuestra parroquia nacional, que el Padre Sánchez se ha vuelto a subir al púlpito. Estarán expectantes ante una espontánea confesión de haber lanzado cual mina iraní en Ormuz bombas de odio contra la sociedad que gobierna. Lo ha hecho con falsa sotana, con esa prestancia suya, entre el aroma a incienso monclovita y el brillo de quien se sabe el más puro del convento. Dice el presidente, con esa voz que te acuna mientras te vacía los bolsillo de libertades, que “cuando algo se mide, deja de ser invisible”. ¡Amén, hermano! Y para hacernos la luz, nos presenta Hodio. Así, deletreado, como si fuéramos niños de párvulo a los que hay que explicarles que el odio, ese sentimiento tan feo, ahora tiente un termómetro oficial que él mismo va a controlar. Va a medir la huella del odio para salvarnos de nosotros mismos. Porque claro, en España nadie sabía lo que era el rencor hasta que el Ministerio de Inclusión nos lo puso en un Excel de colorines. Es fascinante, de verdad. El mismo hombre que ha levantado muros de hormigón armado entre españoles, que insulta desde el púlpito del Congreso, sus ministros tuitean aberrantes calificativos a la oposición, el que etiqueta de fachosfera a todo el que no le ríe la última pirueta semántica, ahora resulta ser el adalid de la concordia digital. Siguiendo los pasos de Maduro. Es el mundo al revés: quien más ha perfeccionado el arte de la polarización, quien desayuna señalando jueces, periodistas y ciudadanos díscolos, se enfunda ahora la túnica blanca para perseguir a los tecnoligarcas. O sea: más vigilancia, más inteligencia artificial y más revisión humana de esa que, sospecho yo, tendrá el mismo criterio de equidad que un comité de ética de un régimen autoritario. Dicen los expertos que es una idea cantinflas. ¿Cómo van a medir la polarización los mismos que la alimentan? Es la hipocresía elevada a algoritmo. Prohíben las redes a los menores y nos imponen el dogma del pensamiento único a los mayores. El problema, querido Pedro, no es la herramienta, es quien sujeta el mando. Porque en su particular diccionario, odio es todo lo que le lleva la contraria. Porque el censor vaya a usar algoritmos para decirnos qué podemos escribir. Padre Sánchez, deje de medirnos el alma, bájese del púlpito y pase a confesar.
También te puede interesar
La guerra de los tres dioses
Las murallas de Algeciras
Revisita al estadio Heysel
El mejor refugio, una buena diversificación
Rebajas fiscales por la borrasca
De los Derechos sin adjetivos