Fariseos, influencers e intolerantes
24 de marzo 2026 - 03:08
En la contemporaneidad líquida que describiera Bauman, donde las identidades se diluyen en la fugacidad de lo mediático, resulta particularmente llamativo que quienes hoy enarbolan con mayor estridencia la bandera del cristianismo no sean tanto los depositarios de una tradición espiritual profunda, sino ciertos influencers de retórica simplificada o figuras públicas cuya fe parece más performativa que vivida. A este fenómeno se suma, con un cariz aún más problemático, la apropiación del símbolo cristiano por sectores ideológicos de corte autoritario, cuya praxis se sitúa en las antípodas del mensaje evangélico.
No deja de ser paradójico que, en nombre de Cristo, se legitimen discursos de exclusión. “Por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,16), advierte el Evangelio. Sin embargo, los frutos que emergen de estos nuevos heraldos de la fe parecen teñidos de intolerancia, de un moralismo rígido que no busca redimir, sino señalar. La fe, reducida a símbolos o a consignas, pierde, como en ocasiones la bandera, su dimensión trascendente y se convierte en instrumento de afirmación identitaria.
San Agustín afirmaba: “Ama y haz lo que quieras” (In Epistolam Ioannis ad Parthos, Tractatus VII). Esta sentencia, lejos de ser una invitación al relativismo, condensa una ética radical, la del amor como principio rector que ordena la acción humana. En contraste, el cristianismo de trinchera que hoy prolifera parece haber invertido la fórmula por la de “juzga, excluye y luego pretende amar, si acaso”.
El Cristo del Evangelio se sitúa sistemáticamente junto a los marginados, los impuros, los otros. “El que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en arrojar la piedra contra ella” (Jn 8,7) no es una metáfora, sino un imperativo ético. Frente a ello, la instrumentalización política de la fe convierte al prójimo en adversario, y al diferente en amenaza. El mensaje de amor universal queda así reducido a una pertenencia tribal.
Cabe preguntarse si este fenómeno no responderá a una necesidad de certidumbre en tiempos de incertidumbre. Pero incluso concediendo tal premisa, la deriva resulta peligrosa; cuando la fe se despoja de su núcleo compasivo, deviene ideología; y cuando la espiritualidad se subordina al poder, pierde su capacidad de interpelación moral. Tal vez una tarea más útil sea la de recuperar la hondura, la esencia del mensaje, despojarlo del ruido y de la apropiación interesada.
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