El crepúsculo de la democracia
26 de marzo 2026 - 03:08
Aveces tengo la impresión de que estamos viviendo un lento atardecer político de grandes dimensiones. Durante décadas crecí con la convicción de que la democracia liberal, con todos sus defectos, era el horizonte natural de nuestras sociedades. Hoy esa certeza se ha vuelto frágil.
Como jurista conozco perfectamente que la democracia no es solo un ritual electoral sino un delicado entramado de garantías, contrapesos y cultura cívica. Sin ese ecosistema, el voto se convierte en un gesto vacío. Montesquieu lo advirtió hace siglos cuando señaló que “todo hombre que tiene poder se inclina a abusar de él; llega hasta que encuentra límites”. Sin embargo, la democracia, en esencia, era precisamente un sistema para imponer límites. Hoy esos límites parecen cada vez más incómodos para quienes gobiernan y, lo que es más inquietante, también para muchos gobernados.
Los cambios del mundo son vertiginosos. Nuevas potencias emergen, el equilibrio geopolítico se desplaza, la tecnología altera nuestra relación con la verdad y con la información; y en ese contexto de incertidumbre global, la tentación del poder simple —rápido, sin matices, sin controles— empieza a resultar seductora.
El espacio público, que debería ser el lugar de la razón compartida, se ha transformado con frecuencia en un territorio de consignas y emociones inmediatas. La desolación nace de esa contradicción. Sabemos que la democracia es imperfecta, pero también sabemos que, como escribió Churchill, “la democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás.” Quizá por eso la tristeza es doble, no solo porque observamos sus flaquezas, sino porque intuimos que no existe un sustituto que no resulte, en el fondo, peor.
Tal vez la democracia nunca estuvo garantizada. Tal vez fue siempre un equilibrio precario sostenido por generaciones que entendieron que la libertad requiere vigilancia, paciencia y responsabilidad colectiva. Cuando esa conciencia se debilita, lo que se resquebraja no es solo un sistema político, sino una forma de convivencia.
Y entonces aparece esta sensación incómoda, casi ética, la de estar presenciando no solo una crisis institucional, sino una lenta pérdida de fe en la propia idea de ciudadanía.
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