Cosmopolitismo |
30 de marzo 2026 - 03:08
Estoy convencido de que si adoptáramos un espíritu más cosmopolita se reducirían los conflictos, especialmente los bélicos. Admito que escribo bajo la influencia de alguna utopía de tintes arcádicos, pero es que sin horizontes así la humanidad jamás habría progresado.
Desde el Paleolítico, la división de los seres humanos en grupos diferentes ha sido fuente de enfrentamientos, siempre con la supervivencia como pretexto. Ya fuera integrados en clanes, tribus, etnias, comunidades, ciudades, pueblos o naciones, la realidad es que nos hemos pasado una gran parte de la historia haciéndonos la puñeta unos a otros. O la guerra, para ser más exactos. Y cuando hemos metido a Dios de por medio, la cosa, en vez de mejorar, se ha agravado.
Sería ingenuo pensar que en el pasado hubieran podido prosperar las aspiraciones ecuménicas de las civilizaciones que nos han precedido, pero no es descabellado creer que en este siglo XXI la idea de una ecúmene global justa, libre, igualitaria y democrática pueda convertirse en realidad.
La meta de una humanidad unida no es algo que se haya inventado hace dos días. El cosmopolitismo, en su versión primitiva, lo formularon los griegos, lo copiaron los romanos y lo universalizó, más que ninguna otra creencia monoteísta, el cristianismo a partir del medievo. Sin embargo, nunca antes de ahora se habían alcanzado el conocimiento, la experiencia y los medios que se necesitarían como para intentarlo. Y nunca antes de ahora se había tenido como tenemos ahora plena conciencia de que formamos parte de una misma especie y compartimos un mismo planeta, gracias a que podemos contemplar la Tierra desde el espacio. Pero no, no acabo de caerme del nido: me temo que esto continúa siendo una quimera.
La patria y la religión como conceptos identitarios ya no cohesionan, separan. No digo yo que no cumplieran su función en otro tiempo, mas ya se han quedado un tanto trasnochados y precisan de un reseteo.
Para que haya un cambio se hace imprescindible que invirtamos nuestra escala de valores: primero, seres humanos; después, personas; a continuación, terrícolas; y, por último, habitantes del continente, el país, la región y la localidad donde nos haya tocado vivir, en ese orden y no al revés. Sólo así podremos albergar esperanza y reducir el riesgo de que este mundo se nos vaya al carajo.
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