Un retrato
14 de marzo 2026 - 03:08
Tenía en la recepción un aire de pertenencia a la Cosa Nostra, Dai un bacio alla nona, ragazzo, un algo de Maria Licciardi que, más que una estructura criminal, dirigía una familia como tantas otras: repleta de cariño, reproches y silencios. La visita a su casa se anunciaba con un mínimo de 20 minutos de antelación o al visitante no le quedaba otra que curtirse en el arte de la espera. Era coqueta, gastaba una elegancia anacrónica que te reconciliaba con la belleza primitiva y llevó hasta el final un pelo platino largo recogido en una coleta.
Renegó siempre del sentido gremial de la vejez, de cabellos escachados, barajas sobre la mesa y estereotipados cuchicheos sobre el danzar del personal por la plaza Alta. Decía, a sus 91 años, que las viejas le daban alergia y se rebeló hasta el final contra la idea de que la sociedad conspiraba para complicarle la vida a los ancianos: fue alumna aventajada de magnates tecnológicos, nutría su muro de Facebook de música y poesía, se guardaba las series que le interesaban en HBO, compartía historias en Instagram y enviaba stickers por WhatsApp.
Se erigió en cabeza de ganado, brújula en el éxodo, de una familia de artistas diletantes de los que siempre presumió, y jamás salió de su boca un discurso incendiario ni reivindicativo sobre ninguna causa porque predicaba con el ejemplo. Fue, no tengo dudas, la primera feminista del sur de Europa y norte de África: en los años 50 salía, fumaba y bebía whisky sola en las mesas de los clubes. Hizo siempre lo que le vino en gana, y tanto se esforzó en legar una idea de la independencia irredenta que en ocasiones jugó en su contra porque se le rebelaban las ovejas.
Sobrevivió a su hijo 18 años, y sospecho que para ella han sido demasiados. Sé que desde que murió mi padre se negó la felicidad, pero nos consuela la certeza de que acabó asistiendo en su mayoría a días buenos. Fue la cámara acorazada de nuestros secretos, guardiana de una casa en la que ahora flota un aire irrespirable, y por eso con su muerte no muere solo una forma de mirar la vida, sino una manera de guardar la de todos. En sus últimos meses le enseñé a crear un grupo de WhatsApp consigo misma para que almacenara en él lo que le interesase. “Primero tengo que crearlo contigo y conmigo y después yo ya me salgo. ¿Cómo lo llamo?”, le pregunté. “Complicidad”, me contestó. Y sonrió. Y hoy sonrío yo.
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