menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

El incienso de ayer

7 0
05.04.2026

05 de abril 2026 - 03:08

No recuerdo cuándo fue la última vez que le pedí a los nazarenos que vertiesen sobre una bola de papel de aluminio que sujetaba en las manos la cera caliente de sus cirios. Sospecho que cuando en las fauces de la adolescencia comenzaron a asomar los molares de las apariencias y el mundo se convirtió durante un tiempo en ese lugar en el que lo que nuestras acciones están atravesadas por la opinión de los demás. He pensado estos días en ese niño algo más inconsciente, tampoco mucho, y en el abrigo de mi madre y en que ella tendía primero esa bola de papel para despertar en mí la seguridad de los precedentes como en la nieve buscamos las huellas de otros que se arriesgaron por nosotros.

He pensado, sí, en esa escultura de cera que, a estas alturas de hace años, con el advenimiento de Jesucristo resucitado, tenía ya el carácter y la consistencia de esa bola del mundo que las parejas cursis hacen girar para elegir un destino al azar. Y en la mirada del nazareno, siniestra tras el capirote agujereado, y en el escalofrío que me causaban esos ojos hundidos en un abismo que escrutaban al gentío desde el privilegio de lo invisible. He olido el incienso de hoy, que es en realidad el incienso de muchos ayeres, el perfume de los últimos suspiros de la infancia, cuando el mundo era demasiado alto y los costaleros, solo unos muslos temblorosos. Allí estaban entonces la vieja saetera que lloraba a la Esperanza en San Isidro y el capataz frente a la pose circunspecta del Medinaceli que aguarda el martirio; el agudo zumbido de la trompeta por Blas Infante y el estentóreo mazazo al bombo en la plaza Alta; el crío que, asustado, gimotea, y el otro, yo, que reclama la mano de su padre para no hacerlo.

Pero eso fue ya hace mucho, cuando esquivaba a devotos y curiosos para buscar el paso y no, como ocurre ahora, el paso me encuentra a mí, en la terraza de un bar, puede que apurando el último gin tonic o bebiendo la primera cerveza, y por unos segundos se confunden los tiempos y solo me salen los pretéritos. Entonces pienso en ese niño y en la cera caliente brotando de los cirios de los nazarenos y en las solemnes tallas envueltas en mantos de muerte y en la humareda del incienso ardiendo allí donde también lo hacen los días que se fueron, esos en los que todo era un misterio y los tambores sacudían mis sueños como hoy sacuden mi presente los muslos temblorosos de los costaleros que ya no alcanzo a ver.

También te puede interesar

¡Los ratoncitos son buenos!

Un timo de 1.300 millones

Un caballo llamado Prim y un milagro en el Estrecho

Domingo de Resurrección en el Campo de Gibraltar: horarios y recorridos del Resucitado

La aplicación provisional del Acuerdo sobre Gibraltar

El Fuerte de Punta Carnero de Algeciras, un patrimonio en vías de recuperación


© Europa Sur