Resurrección
05 de abril 2026 - 03:08
Este domingo tiene un trascendente significado para los cristianos, ya que representa la escenificación de la victoria de su religión sobre la muerte y el pecado. De alguna forma, la resurrección es el acontecimiento central de la fe cristiana. Con su vuelta a la vida, Jesús demuestra su poder divino y brinda a la humanidad la posibilidad de salvación. Tan extraordinario acto es recogido por los cuatro Evangelios. Mateo describe el ángel que bajó del cielo y removió la piedra que cubría la entrada del sepulcro; Marcos destaca la sorpresa y el temor de las mujeres que encontraron destapado el enterramiento; Lucas pormenoriza las apariciones de Jesús después de la resurrección y Juan hace hincapié en la poca fe de Tomás, que necesitó ver y tocar las heridas de Jesús para creer en la resurrección.
Sin embargo, para descreídos, ateos y agnósticos, el final de la semana de Pasión supone más bien una sensación de tristeza porque se acaba un periodo de vacaciones que –justo es reconocerlo– le debemos a la celebración religiosa de la Pascua. Sin embargo, no siempre ha sido así, ya que hubo un tiempo no demasiado lejano en que la Semana Santa era casi una cuestión de Estado porque en esos siete días todos los españoles (creyentes o no) gravitábamos alrededor de la Pasión de Cristo. Los cines cerraban hasta el Sábado Santo, cuando solían reabrir con películas religiosas (La túnica sagrada, Los diez mandamientos, Marcelino pan y vino...) o, sorprendentemente, con películas de Tarzán (Tarzán de los monos, Tarzán y su compañera, Tarzán y su hijo... ¡Vayan ustedes a saber la relación que las autoridades eclesiásticas encontrarían entre el sufrimiento de Jesús y las aventuras del hombre-mono, Jane y Chita!
La radio entraba en una especie de hibernación y se limitaba a programar música sacra, que desde luego no fomentaba nuestros rudimentarios conocimientos de música clásica, sino que, antes al contrario, nos hacían renegar de misas, réquiems y tedeums y a ver con antipatía a Bach, Händel o Mozart. En la tele solo ponían misas y procesiones y, en la calle, se nos prohibía correr, gritar o armar jaleo, sobre todo a partir del Jueves Santo, que “el Señor estaba ya muerto”. Así pues, aunque incrédulos, la Resurrección era un regalo que nos volvía a conectar a nuestra vida cotidiana.
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