Penitencias
29 de marzo 2026 - 03:08
En la Semana Santa se sigue manteniendo viva la tradición de sacar a la calle vírgenes y cristos a pesar del tiempo transcurrido desde que en la Edad Media la Iglesia fomentase las procesiones como representaciones públicas de la pasión de Jesús al objeto de facilitar que, en una época donde la mayoría de la población no sabía leer ni escribir, el desfile de las imágenes religiosas ejerciese para aquellos iletrados espectadores el papel de un “Evangelio viviente”.
Lo sorprendente para un observador ajeno a tal práctica es que también se hayan preservado los sacrificios físicos que, a modo de penitencia, algunos fieles escenifican públicamente marchando tras sus imágenes favoritas. Muchos devotos cumplen promesas realizando el recorrido en silencio, descalzos y, a veces, lastrados con grilletes y cadenas. Otros penitentes emulan el vía crucis llevando a cuestas pesadas cruces de madera. Y en algunos lugares llegan incluso a expresiones más extremas como la autoflagelación: así, en La Rioja, los “picaos” procesionan descalzos y fustigándose la espalda desnuda con una madeja de cuerdas de cáñamo. Al finalizar su recorrido un miembro de su cofradía le punza doce veces (una por cada apóstol) la piel con una bola de cera con cristales incrustados. En un pueblo extremeño, los “empalaos” desfilan con un mástil de madera sobre los hombros, el torso y los brazos rodeados de cuerda, una corona de espinas y dos espadas cruzadas en la espalda.
Sin embargo, es allende los mares (tierras a las que los españoles exportamos, en el mismo lote, religión y civilización) donde las penitencias son más excesivas y pasan de las tres formas, en principio inocuas, que se señalan en el Catecismo de la Iglesia: ayuno, oración y limosna a unos castigos físicos más propios de películas gore. En México hay actos de mortificación corporal donde penitentes encadenados arrastran pesados haces de espinas o soportan el peso de enormes cruces. En el único país asiático de tradición católica, Filipinas, las demostraciones de fe llegan al extremo de escenificar la propia crucifixión al ser los penitentes clavados de pies y manos a las cruces. Aunque estas brutales demostraciones de fe conviertan las procesiones en una atracción turística, desvirtúan completamente su sentido religioso.
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