La fama de los políticos |
19 de abril 2026 - 03:08
Aunque de normal los políticos se las apañan para formar parte (inseparable) de nuestras vidas, es ahora, en un continuado tiempo electoral merced a las autonomías, cuando más se empeñan en convertirse en omnipresentes figuras de nuestro entorno dispuestos a transformarnos en un maravilloso futuro lo que, en principio, se nos antoja como un inquietante porvenir.
Los profesionales de la política compiten con futbolistas, cantantes, modelos e incluso con los pícaros y rufianes que subsisten enganchados a las nóminas de los programas rosas. Los políticos españoles no dudan en hacer muecas y alharacas con tal de aparecer constantemente en papeles, pantallas y altavoces… como (soporífero) espectáculo.
En otros países, como por ejemplo Inglaterra, en virtud del sistema first-past-the-post (escrutinio mayoritario uninominal) la persona con más votos en cada circunscripción se convierte en diputado dejando sin representación a los candidatos del resto de partidos. El político se la juega de verdad y responde de sus actos ante los electores (en vez de ante la cúpula del partido que –aquí– le elige a dedo). Apenas se les ve el pelo, nunca aparecen en la tele ni hablan en la radio. No es que no quieran, es que nadie les hace el menor caso. Al contrario que aquí, los ingleses no necesitan a sus políticos para que les digan qué hacer con sus vidas, cómo han de pensar o cuáles deben ser sus intereses personales. Los políticos ingleses están para resolver los problemas reales que le surgen a la gente.
En España, bien al contrario, el político interviene en la vida privada de los ciudadanos casi como si fuese un director espiritual, una variante de sacerdote que, del mismo modo que hacia la Iglesia, nos ordena cómo debe ser nuestra conducta personal suprimiendo el pecado más nefando que –para sus propósitos– podemos cometer: la capacidad de decidir individualmente. Esta intromisión llega a extremos tiránicos en las comunidades controladas por grupos nacionalistas donde, a efectos prácticos, a los políticos les basta con pastorear a la población como un rebaño al que poder confinar en el redil que ellos consideren más conveniente. La paradoja española es que la política es tan entrometida como ineficaz.
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