¡Sorpresa, qué sorpresa!

Viene el Santo Padre a Catalunya y patapam: la presencia del catalán es un espectro; el rector escogido para recibirlo no habla catalán, dice que esto es España, y que no toquemos las narices; el gobierno catalán hace de Poncio Pilato y se lava las manos; mosén Junqueras se enfada un rato con vaticana impostación; los de Òmnium y compañía alzan el clamor, boquiabiertos, helados y despavoridos; y la curia catalana se pierde en romances sobre el bien y el mal. Resulta, pues, que la lengua propia del país que León XIV visitará quedará constreñida a una residualidad irrisoria e insultante. Como el ínclito Aznar, el Santo Padre hablará catalán "en la intimidad". Para el resto, la pompa y la fanfarria de la lengua universal, conquistadora de mundos y azote de herejes: "el español, idioma de la Cruzada y el Imperio".

Nuevamente, pues, la apisonadora del idioma de España —que dejémonos de puñetas, es solo y exclusivamente el castellano— nos pasará por encima aniquilando mil años de nuestra identidad lingüística, es decir, de nuestra identidad nacional. Pero, ¿dónde está la sorpresa? ¿Por qué la indignación? ¿Hay una sola persona en Catalunya, con un poco de sentido de........

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