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Sábado Santo: las encrucijadas del espíritu

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04.04.2026

De las conversaciones con agnósticos y con ateos, sobre todo cuando agnósticos y ateos atraviesan momentos de dificultad, he sacado algunas de las lecciones más valiosas para mi vida interior. El Espíritu sopla donde quiere, y a veces tomando un café con una amiga o unas cervezas con un grupo de amigos he entendido con más despertar aspectos del misterio que siempre es Dios que haciendo un rato de oración con toda la intención de orar. En momentos de crisis, el agnóstico y el ateo miran al creyente con un ademán que cae entre la envidia y la admiración y desean creer como lo hace él. “Me gustaría tener fe como tú” es un deseo que he visto expresar a gente a quien quiero cuando les ha tocado atravesar los momentos más crudos de la existencia; eso es, en el tipo de lenguaje privado que usamos los cristianos, en los momentos en que el peso de la cruz con la que todos cargamos se ha hecho notar más que nunca. Aunque el suyo es un anhelo que responde a una necesidad del alma, la de la trascendencia, también es cierto que bebe de un malentendido: la noción de que Dios es un calmante emocional, un elemento externo autogenerado y de autoconsumo que tiene la función de ofrecer consuelo y ser bálsamo para las heridas. 

Dios no elimina el sufrimiento. Dios, de hecho, ni siquiera elimina la incertidumbre.........

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