Dios no es un fenómeno |
Cuando hacía secundaria —en una escuela religiosa, por cierto— un compañero de clase garabateó algo en mi mesa. “Monja”, escribió. Lo borré y no se lo dije a nadie. No me sentí insultada, porque ya entonces estaba lo bastante segura de mi sistema de creencias y de mis convicciones para discernir que “monja” no es ningún insulto. Me supo mal, sin embargo, que él lo hubiera usado con la intención de herirme. A lo largo de mi adolescencia y de mi juventud, en muchos entornos cercanos y no tan cercanos, tratar mi propia fe con naturalidad me ha hecho detectar enseguida el prejuicio en los ojos del otro. En el mejor de los casos, quizás ha sido una intuición autosugestionada por el miedo al rechazo. En el peor de los casos, los prejuicios han sido manifiestos y la libertad del otro de decir lo que le plazca se ha materializado en una libertad para atacar, o ridiculizar, o menospreciar lo que para mí era y es lo más importante. O de enviarme el mensaje de que no era digna de la fe que decía profesar. “Por ser católica, esto lo haces muy mal” es una cantinela que hemos tenido que escuchar demasiado. Los años en los que he sido adolescente y joven quizás han sido los años en los que la noción de Dios, o incluso la noción de la espiritualidad en abstracto, ha sido más infamada por la opinión pública del país. Si además te consideras parte de la Iglesia, la caricaturización y la manipulación informativa han sido totales e interesadas en muchas ocasiones.
Este cuestionamiento ambiental constante, a muchos de los que vemos cada día como una........